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Ordenaciones sacerdotales en Gricigliano De nuevo un nutrido grupo de fieles de
la Santa Misa por su forma Extraordinaria o Tradicional ha tenido la oportunidad
inigualable de disfrutar de un viaje religioso-cultural de primera magnitud. En
esta ocasión los que así pudieron y quisieron se desplazaron a la siempre
bella y admirada Italia con motivo de asistir a las ordenaciones sacerdotales
que cada año, por estas fechas, se llevan a cabo en el seminario de
Gricigliano, sede y casa madre del Instituto
Cristo Rey Sumo Sacerdote a cuyo fundador y director, el Reverendísimo
Mons. Gilles Wach, agradecemos la invitación y magnífica hospitalidad. El
seminario se encuentra en la citada pequeña, pero encantadora localidad,
ubicada en el corazón de la bellísima Toscana italiana en la que ejercer como
foco de marcada espiritualidad casi único en el mundo, donde los que han
decidido aceptar la llamada de Nuestro Señor se forman íntegra y
exclusivamente como sacerdotes según el rito tradicional, ahora ya denominado “extraordinario”
por su Santidad Benedicto XVI en su Motu Propio Summorum Pontificum del
pasado 7 de Julio. Y es que en esta ocasión el motivo para estar en Griciliano
era doblemente importante: por un lado, asistir a las ordenaciones de los nuevos
sacerdotes; por otro, el hecho de que quien los ordenaba era, nada más y nada
menos, que Monseñor
D. Antonio Cañizares, Cardenal y Primado de España. En automóvil, unos, y por avión,
otros, el hecho es que los avezados miembros de Deo Gratias,
adultos y jóvenes, sin faltar los niños --bulliciosos
siempre--, todos llenos de una ilusión especial, sortearon los avatares del
desplazamiento con tesón y grandes dosis de paciencia para obtener la
recompensa de arribar, por fin, a Griciliano, donde lo primero que uno recibe es
una inyección de paz, calma, tranquilidad y belleza paisajística dignas de
encomio. Pero si ya el lugar rebosa espiritualidad y sensación de cercanía a
Dios, sus moradores la trasmiten con una sinceridad que emociona. Tanto los
profesores y seminaristas --éstos
con una media de edad no superior a los veinte años--, como las adoratrices de
Nuestro Señor --que
provisionalmente se hospedan en un ala del seminario a la espera de su propia
residencia ahora en obras--, e incluso el personal de servicio, evidencian una
alegría y una bondad que puede asegurarse al verlos que disfrutan ya en su
interior de un adelanto de ese Cielo que... “ ni ojo vio, ni oído oyó...”,
mostrando una entrega hacia los “hermanos-huéspedes” realmente
inenarrable. Así, los días de estancia se hicieron deliciosos, cortos, muy
cortos, y la despedida insufrible. Algo de cada uno de los asistentes se quedó
en Griciliano junto a aquellas personas que, dirigidos por Mons. Wach, dedican
sus vidas íntegramente a la mayor gloria de Dios y a la mejor salvación de
nuestras y de todas las almas que sea posible. La vuelta a tan sorprendente
lugar el año que viene, si Dios quiere, se hace por todo ello no sólo
obligada, sino sobre todo necesaria. Sobre la ceremonia de ordenación de los
nuevos sacerdotes cabría decir tanto que no habría espacio suficiente. Si ya
de por sí asistir a una ordenación sacerdotal emociona, al ver cómo una
persona entrega de forma definitiva toda sus existencia a Dios, asistir a tan
incomparable acto cuando se celebra por el rito extraordinario apabulla,
sobrecoge, hace que uno entre en un trance espiritual sin igual y que sienta su
pequeñez ante el momento de una solemnidad impactante. La solidez y
consistencia doctrinal que emergen de la ceremonia son tan profundas, tan
reales, y al tiempo tan cercanas, que uno se siente arrebatar por un mar
embravecido de sentimientos de cercanía a Dios y, por Él, al prójimo. En esta ocasión, y como ya hemos
adelantado, el ordenante de los nuevos sacerdotes fue Mons. Cañizares de quien
hay que decir que llevó a cabo la ceremonia con una perfección, soltura y,
sobre todo fervor y recogimiento, que realmente dejó a todos
extraordinariamente impresionados; y es que hay que recordar que el acto se
celebró todo él en latín, como corresponde al rito. Sin duda --aunque
no habría que decirlo pero tampoco está de más-- demostró ser un hombre de piedad y un Primado de España
como......Dios manda. Además, tuvo una gentileza especial, que agradecemos de
corazón, con los que se desplazaron desde España con los cuales departió un
largo rato en privado dándonos la oportunidad única de conocer al hombre, al
sacerdote y al Cardenal de cerca, sin barreras, sin protocolo, demostrando su
afabilidad y llaneza. Y como los actos lo merecían, después
de ellos hubo también lugar para lo lúdico, pues no en balde Nuestro Señor
quiso, desde la creación del hombre, que dedicara también tiempo al descanso.
Aquí hay que dar fe de que la generosidad y hospitalidad de Griciliano quedó
patente y a un nivel poco usual pues, aunque escasos de fondos y llevando una
vida cuya austeridad se hacía patente en numerosos detalles, comenzando por el
propio Mons. Wach, siguiendo por los seminaristas y las adoratrices, y
terminando por el pequeño grupo de personas de servicio, todos se lanzaron a
una carrera casi frenética por ver quién atendía mejor a los numerosos
visitantes
--familiares de los ordenados y seminaristas, autoridades invitadas y
amigos--, a todos los cuales se trató con un cariño y una sinceridad que
emocionaba; sin olvidar el buen gusto y la exquisitez de lo que nos ofrecieron
que fue de tal calidad que mucho nos tememos que haya dado al traste con parte
del presupuesto anual del seminario y aun del Instituto, confiando por ello que
nos sepan disculpar y lleven con resignación cristiana los seguros esfuerzos
que habrán de hacer en los próximos meses para recuperarse de tanta bondad
para con todos los asistentes. Después de cumplido el objetivo
principal del viaje, los los asistentes tuvieron aun unos días para conocer la
esplendorosa Florencia, la “inclinada” Pisa y la franciscana Asís, para
terminar en Roma, ciudad eterna, asistiendo a la audiencia pública del Santo
Padre, última antes del inicio de sus vacaciones, desplegando en la plaza de
San Pedro una enorme pancarta de agradecimiento por el ya citado Motu Propio que
pone, con serenidad y equidad, al rito extraordinario, tanto tiempo dejado de la
mano del Vaticano, en su sitio, en su lugar junto e indisolublemente unido al
actual pues son uno sólo, único y verdadero, donde Jesucristo se presenta real
y substancialmente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad ofreciéndose a Dios
Padre por nuestros pecados y para nuestra salvación. Mucho más se podría añadir, pero sería imposible encontrar cuartillas para ello y, además, no habría palabras para describir la cantidad y variedad de emociones, muchas de ellas muy íntimas que tampoco sería posible. Por su puesto que los asistentes tuvieron la gran oprtunidad, gracias a los sacerdotes del Instituto, de rezar y asistir a la Santa Misa diariamente por el rito tradiconal, lo que fue, como cualquiera puede suponer un lujo espiritual de valor incalculable. Les recomendamos que vean algunas de las miles de fotografías realizadas y, como nosotros, que se hagan la firme promesa de no faltar, Dios mediante, el año que viene a estos actos en un Griciliano sumergido en la paz y la cercanía a Dios que cada día se convierte más en un punto de referencia espiritual y doctrinal en el orbe católico, apostólico y romano. |
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