Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote
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EL SEMINARIO


Gricigliano

    El Seminario del Instituto de Cristo Rey está localizado en un antiguo castillo en Gricigliano, cerca de Florencia, e Toscana, Italia, a sólo 170 millas de Roma y el vaticano. Este castillo tiene una estructura medieval con cuatro torres, un patio central cerrado, y está rodeado con un foso por tres lados. La familia de los Condes de Martelli cambió la forma medieval del castillo en el Renacimiento tardío y lo convirtieron en una noble casa de verano con características más apropiadas.  Se abrieron varias habitaciones de lujo y un pequeño teatro servía de entretenimiento a los condes y sus huéspedes en verano. El castillo es considerado uno de los lugares veraniegos típicos de Toscana, remodelado según el estilo de Paladio. Desde él se domina majestuosamente el valle del río Sieve, que desemboca en el río Arno al atravesar Florencia. Por su situación entre las sombrías montañas de la Toscana, el castillo se mantiene con cierta frescura incluso en los calurosos veranos italianos.

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Seminario de Gricigliano
Villa Martelli

    Los últimos miembros de la familia Martelli, dos solteros que continuaron la piadosa tradición de la familia hasta sus muerte, donaron el edificio, las viñas que lo rodeaban y los olivares de su territorio al Monasterio Benedictino de Fontgombauld, en Francia. Sin embargo, a los veinte años el abad tomó la decisión de cerrar el priorato que había sido abierto en el castillo a causa de la escasez de vocaciones italianas. Los monjes buscaron entonces otra comunidad religiosa con la Misa tradicional que pudiera sustituirlos, cumpliendo así la última voluntad de las piadosas Condesas, con la ayuda del Cardenal Agustín Mayer, presidente de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. Así fue como el Instituto de Cristo Rey entró en escena. Hay ciertamente una gran diferencia entre un priorato benedictino establecido con cierta provisionalidad en un viejo Castillo y la Casa Madre y Seminario de una Sociedad de Vida Apostólica con todas sus necesidades e incontables acomodaciones para seminaristas y huéspedes. Han sido necesarios mucho esfuerzo y una gran cantidad de generosas donaciones para cambiar poco a poco el Seminario del Instituto desde lo que fue hace años a lo que es ahora, y con el tiempo se han añadido nuevas habitaciones, nuevas oficinas, y finalmente, hasta una nueva capilla.

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Gricigliano por la noche

    Aún hoy no ha terminado el trabajo de restauración, y el enorme tejado, las paredes, y la construcción de la futura biblioteca en el antiguo invernadero barroco siempre necesitan de mantenimiento y obra. No sólo por tantos jóvenes a los que hay que procurar alojamiento y formación, sino también por la antigüedad del mismo castillo, nuestro seminario parece a veces un pozo sin fondo cuando se trata de buscar los fondos necesarios para mantenerlo adecuadamente. Para este fin, San José siempre nos ha ayudado por medio de generosos donantes a fin de tener al menos cubiertos los gastos más necesarios.

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     Nuestros seminaristas no sólo se alojan en el Seminario, que incluye entre sus ventajas un gran refectorio y una gran cocina, sino que el Seminario sirve también como su lugar de trabajo intelectual y estudio. Por esta razón, los superiores tuvieron que instalar en la otra ala del edificio las apropiadas aulas y también un salón de conferencias con un equipo de enseñanza puesto al día. Profesores de universidades romanas, de la Sorbona y del la IPC Facultad de Filosofía de París, y también algunos de nuestros sacerdotes con grados académicos enseñan un curso de Espiritualidad (un año), Filosofía (dos años), y Teología (cuatro años) como formación obligatoria para todos nuestros candidatos al presbiterado. Con todo, los miembros que no se preparan para la ordenación comparten, parte de esta formación durante un periodo de cinco años con cursos seleccionados para ellos por sus superiores.

     La formación intelectual es acompañada por una formación humana integral, que incluye cultura general, urbanidad sacerdotal, y mucho trabajo práctico en casa y en el jardín. Esta combinación ha resultado ser muy eficiente para la completa educación de alma y cuerpo que queremos dar a nuestros candidatos. Una formación puramente intelectual nunca será suficiente para un sacerdote. Si no va pareja con una profunda vida de oración y la humildad de aceptar las tareas cotidianas y hacerlas bien, la personalidad del sacerdote tendría ciertamente lagunas en su formación.

Para los hombres jóvenes es especialmente importante aprender que todo el que vive en familia, sea pequeña o grande, tiene que cargar con responsabilidades en favor de los demás y que también ha de aprender cómo integrar su vida en la disciplina, que es el fundamento de la verdadera caridad hacia los otros. Esto no siempre es fácil, y costará sacrificio y mortificación de la voluntad, pero al final, gracias a la libre obediencia y al duro trabajo, producirá en gozo y satisfacción.

 

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Seminaristas limpiando los fosos que rodean el Seminario

 

    Sin duda, el elemento más importante de la vida del Seminario es el trato diario con el Señor en la Santa Misa, el Oficio divino, el Santo Rosario, y la meditación personal. Los seminaristas aprenden no sólo la historia y las rúbricas de la Sagrada Liturgia, sino también su significado profundo y su gran poder para su vida espiritual. Cada gesto tiene una profunda significación y cada detalle de la liturgia es importante, pues se refiere a nuestra relación con el Señor.

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Cosecha de olivas

    La fe personal de nuestros seminaristas se rige por  la santidad objetiva de los misterios litúrgicos y por la inconmovible verdad de la Fe Católica. La piedad subjetiva y la gracia objetiva han de formar una unidad vinculada a la celebración de la liturgia tradicional. Ni el exteriorismo ni el pietismo pueden prevalecer cuando un seminarista, bajo la guía de la autoridad de la Iglesia, representada por sus superiores, se esfuerza, en su participación litúrgica y en su vida interior, “por hacer lo que hace la Iglesia”. Esta armonía auténticamente romano-católica entre subjetivo y objetivo, entre naturaleza y gracia, entre lo humano y lo divino, es un fruto de la obediencia a la tradición que el mismo Señor ha dado y garantiza a la Santa Madre Iglesia.

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  Como nuestro fundador, Mons. Gilles Wach, S.T.D., advierte con frecuencia, “Nosotros no somos quienes salvamos a la Iglesia, es la Iglesia quien nos salva”. Ella lo hace porque sigue las directrices del mismo Señor, quien ha muerto por redimirnos en la Cruz y ha fundado la Iglesia como instrumento para prolongar su salvación a lo largo de los siglos. En su seminario, el Instituto de Cristo Rey desea formar fieles “administradores de los sagrados misterios”, que no hacen sino lo que Cristo quiere que hagan por las almas: llevarlas al Él a través del sacramento de la Iglesia.


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