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El
Tesoro escondido de la Santa Misa
Indice
EXCELENCIA,
NECESIDAD Y UTILIDADES DE LA SANTA MISA
EXCELENCIA
DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA
1. El sacrificio de la
Misa es igual al sacrificio de la Cruz.
2. El santo sacrificio de
la Misa tiene por principal sacerdote al mismo Jesucristo.
3. El sacrificio de la
Misa es el prodigio más asombroso de cuantos ha hecho la
Omnipotencia divina
Notas
EXCELENCIA,
NECESIDAD Y UTILIDADES DE LA SANTA MISA
Antes de principiar te diré
que este Santo Sacrificio se llama Misa, esto es, enviada,
porque representa la legación que media entre Dios y el
hombre; pues Dios envía a su Hijo al altar, y de aquí la
Iglesia le envía a su Eterno Padre para que interceda por los
pecadores.
Mucha
paciencia se necesita para tolerar el contagioso lenguaje de
algunos libertinos que con frecuencia se atreven a difundir
proposiciones escandalosas, que tienen sabor de muy
pronunciado ateísmo, y son un veneno para la piedad
cristiana.
"Una
Misa más o menos, dicen, poco importa".
"Ya
no es tan poca cosa oír la Misa los días de obligación".
"La
Misa de tal sacerdote es una Misa de Semana Santa: y cuando lo
veo acercarse al altar escapo de la iglesia".
Los
que así se expresan dan bien a entender que en poco, mejor
dicho, que en nada aprecian el adorable sacrificio de la Misa.
¿Sabes, querido lector, lo que es en realidad la Santa Misa?
Es el sol del mundo cristiano, el alma de la fe, el centro de
la Religión católica, hacia el cual convergen todos los
ritos, todas las ceremonias y todos los Sacramentos; en una
palabra, es el compendio de todo lo bueno, de todo lo bello
que hay en la Iglesia de Dios. Medita, pues, atentamente,
piadoso lector, lo que voy a decirte en estas páginas para tu
instrucción. Indice
EXCELENCIA
DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA
Es una verdad
incontestable, que todas las religiones que existieron desde
el principio del mundo establecieron algún sacrificio que
constituyó la parte esencial del culto debido a Dios: empero,
como sus leyes eran o viciosas o imperfectas, también los
sacrificios que prescribían participaban de sus vicios o de
sus imperfecciones. Nada más vano que los sacrificios de los
idólatras, y por consiguiente no hay necesidad de
mencionarlos. En cuanto a los de los hebreos, aun cuando
profesaban entonces la verdadera Religión, eran también
pobres e imperfectos, pues sólo consistían en figuras: Infirma
et egena elementa (1), según expresión del Apóstol San
Pablo, porque no podían borrar los pecados ni conferir la
divina gracia.
El
sacrificio, pues, que poseemos en nuestra Santa Religión es
el de la Santa Misa, el único sacrificio santo y de todo
punto perfecto. Por medio de él todos los fieles pueden
honrar dignamente a Dios, reconociendo su dominio soberano
sobre nosotros, y protestando al mismo tiempo su propia nada.
Por esta razón el santo rey David le llama Sacrificium
iustitiae(2) , sacrificio de justicia, no sólo porque
contiene al Justo por excelencia y al Santo de los Santos, o
mejor dicho, a la Justicia y Santidad por esencia, sino porque
santifica las almas por la infusión de la gracia y por la
abundancia de dones celestiales que les comunica. Siendo,
pues, este augusto Sacrificio el más venerable y excelente de
todos, y a fin de que te formes la sublime idea que debes
tener de un tesoro tan precioso, vamos a explicar sucintamente
algunas de sus divinas excelencias, porque para explicarlas
todas se necesitaba otra inteligencia superior a la nuestra. Indice
1.
El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz
La principal excelencia del santo
sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como
esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la
cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el
sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más
que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con
esta única oblación, por todos los pecados del mundo;
mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio
incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue
instituido para aplicar a cada uno en particular el precio
universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el
rescate de todo el mundo. De esta manera, el sacrificio
sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio
incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el
inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino
Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos
en nuestras manos. La Misa, pues, no es una simple
representación o la memoria únicamente de la Pasión y
muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera
del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda
verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa
que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en
realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo
sacrificado e inmolado: "Vidi (...) agnum stantem tamquam
occisum” (3).
En
el día de Navidad la Iglesia nos representa el Nacimiento del
Salvador; sin embargo, no es cierto que nazca en este día
cada año. En el día de la Ascensión y Pentecostés, la
misma Iglesia nos representa a Jesucristo subiendo a los
cielos y al Espíritu Santo bajando a la tierra; sin embargo,
no es verdad que en todos los años y en igual día se renueve
la Ascensión de Jesucristo al cielo, ni la venida visible del
Espíritu Santo sobre la tierra. Todo esto es enteramente
distinto del misterio que se verifica sobre el altar, en donde
se renueva realmente, aunque de una manera incruenta, el mismo
sacrificio que se realizó sobre la cruz con efusión de
sangre. El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que
se ofreció en el Calvario, el mismo es el que al presente se
ofrece en la Misa.
Ésta
es la obra de nuestra Redención, que continúa en su ejecución,
como dice la Iglesia: Opus nostrae redemptionis exercetur
(4). Sí, exercetur; se ofrece hoy sobre los
altares el mismo sacrificio que se consumó sobre la cruz.
¡Oh,
qué maravilla! Pues dime por favor. Si cuando te diriges a la
iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al
Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a
ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan
arrogante? Si la Magdalena al dirigir sus pasos al Calvario se
hubiese prosternado al pie de la cruz, estando engalanada y
llena de perfumes, como cuando deseaba brillar a los ojos de
sus amantes, ¿qué se hubiera pensado de ella? Pues bien; ¿qué
se dirá de ti que vas a la Santa Misa adornado como para un
baile? ¿Y qué será si vas a profanar un acto tan santo con
miradas y señas indecentes, con palabras inútiles y
encuentros culpables y sacrílegos? Yo digo que la iniquidad
es un mal en todo tiempo y lugar; pero los pecados que se
cometen durante la celebración del santo sacrificio de la
Misa y en presencia de los altares, son pecados que atraen
sobre sus autores la maldición del Señor: Maledictus qui
facit opus Domini fraudulenter (5). Medítalo atentamente
mientras que te manifiesto otras maravillas y excelencias de
tan precioso tesoro. Indice
2.
El santo sacrificio de la Misa tiene por principal sacerdote
al mismo Jesucristo.
Funciones
del celebrante y de los asistentes
Imposible
parece poderse hallar una prerrogativa más excelente del
sacrificio de la Misa, que el poderse decir de él que es, no
sólo la copia, sino también el verdadero y exacto original
del sacrificio de la cruz; y, sin embargo, lo que lo realza más
todavía, es que tiene por sacerdote un Dios hecho hombre. Es
indudable que en un sacrificio hay tres cosas que considerar:
el sacerdote que lo ofrece, la Víctima que ofrece, y la
majestad de Aquél a quien se ofrece. He aquí, pues, el
maravilloso conjunto que nos presenta el santo sacrificio de
la Misa bajo estos tres puntos de vista. El sacerdote que lo
ofrece es un Hombre-Dios, Jesucristo; la víctima ofrecida es
la vida de un Dios, y aquél a quien se ofrece no es otro que
Dios. Aviva, pues, tu fe, y reconoce en el sacerdote
celebrante la adorable persona de Nuestro Señor Jesucristo.
Él es el primer sacrificador, no solamente por haber
instituido este sacrificio y porque le comunica toda su
eficacia en virtud de sus méritos infinitos, sino también
porque, en cada Misa, Él mismo se digna convertir el pan y el
vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima. Ve, pues, cómo el
privilegio más augusto de la Santa Misa es el tener por
sacerdote a un Dios hecho hombre. Cuando consideres al
sacerdote en el altar, ten presente que su dignidad principal
consiste en ser el ministro de este Sacerdote invisible y
eterno, nuestro Redentor. De aquí resulta que el sacrificio
de la Misa no deja de ser agradable a Dios, cualquiera que sea
la indignidad del sacerdote que celebra, puesto que el
principal sacrificador es Jesucristo Nuestro Señor, y el
sacerdote visible no es más que su humilde ministro. Así
como el que da limosna por mano de uno de sus servidores es
considerado justamente como el donante principal; y aun cuando
el servidor sea un pérfido y un malvado, siendo el señor un
hombre justo, su limosna no deja de ser meritoria y santa.
¡Bendita
sea eternamente la misericordia de nuestro Dios por habernos
dado un sacerdote santo, santísimo, que ofrece al Eterno
Padre este Divino Sacrificio en todos los países, puesto que
la luz de la fe ilumina hoy al mundo entero! Sí, en todo
tiempo, todos los días y a todas horas; porque el sol no se
oculta a nuestra vista sino para alumbrar a otros puntos del
globo; a todas horas, por consiguiente, este Sacerdote santo
ofrece a su Eterno Padre su Cuerpo, su Sangre, su Alma, a sí
mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se
celebren en todo el universo. ¡Oh, qué inmenso y precioso
tesoro!
¡Qué
mina de riquezas inestimables poseemos en la Iglesia de Dios!
¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos asistir a todas esas
Misas! ¡Qué capital de méritos adquiriríamos!
¡Qué
cosecha de gracias recogeríamos durante nuestra vida, y qué
inmensidad de gloria para la eternidad, asistiendo con fervor
a tantos y tan Santos Sacrificios!
Pero
¿qué digo, asistiendo? Los que oyen la Santa Misa, no
solamente desempeñan el oficio de asistentes, sino también
el de oferentes; así que con razón se les puede llamar
sacerdotes: Fecisti nos Deo nostro regnum, et sacerdotes
(6). El celebrante es, en cierto modo, el ministro público
de la Iglesia, pues obra en nombre de todos: es el mediador de
los fieles, y particularmente de los que asisten a la Santa
Misa, para con el Sacerdote invisible, que es Jesucristo
Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno,
en nombre de todos y en el suyo, el precio infinito de la
redención del género humano. Sin embargo, no está solo en
el ejercicio de este augusto misterio; con él concurren a
ofrecer el sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa.
Por eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice:
Orate, fratres: "Orad, hermanos, para que mi
sacrificio, que también es el vuestro, sea agradable a Dios
Padre todopoderoso". Por estas palabras nos da a entender
que, aun cuando él desempeña en el altar el principal papel
de ministro visible, no obstante todos los presentes hacen con
él la ofrenda de la Víctima Santa.
Así,
pues, cuando asistes a la Misa, desempeñas en cierto sentido
las funciones de sacerdote.
¿Qué
dices ahora? ¿Te atreverás todavía de aquí en adelante a oír
la Santa Misa sentado desde el principio hasta el fin,
charlando, mirando a todas partes, o quizás medio dormido,
satisfecho con pronunciar bien o mal algunas oraciones
vocales, sin fijar la atención en que desempeñas el tremendo
ministerio de sacerdote? ¡Ah! Yo no puedo menos de exclamar:
¡Oh, mundo ignorante, que nada comprendes de misterios tan
sublimes! ¡Cómo es posible estar al pie de los altares con
el espíritu distraído y el corazón disipado, cuando los Ángeles
están allí temblando de respeto y poseídos de un santo
temor a vista de los efectos de una obra tan asombrosa! Indice
3.
El sacrificio de la Misa es el prodigio más asombroso de
cuantos ha hecho la Omnipotencia divina
¿Te
admirarás acaso al oírme decir que la Santa Misa es una obra
asombrosa? ¡Ah! ¿Tan poca cosa es a tus ojos la maravilla
que se verifica a la palabra de un simple sacerdote? ¿Qué
lengua de hombres, ni aun de ángeles, podrá explicar jamás
un poder tan ilimitado? ¿Quién hubiera podido concebir que
la voz de un hombre, que ni aun puede sin algún esfuerzo
levantar una paja, debería estar por gracia, dotada de una
fuerza tan prodigiosa que obligase al Hijo de Dios a bajar del
cielo a la tierra? Éste es un poder mucho mayor que el de
trasladar los montes de un lugar a otro, secar el Océano, o
detener el curso de los astros. Éste es un poder que de algún
modo rivaliza con aquel primer Fiat, por medio del cual
sacó Dios el mundo de la nada y que parece aventajar, en
cierto sentido, al otro Fiat, por el cual la Santísima
Virgen recibió en su seno al Verbo Eterno.
Con
efecto, la Santísima Virgen no hizo más que suministrar la
materia para el Cuerpo del Salvador, que fue formado de su
substancia, es decir, de su preciosísima sangre, pero no por
medio de Ella, ni de su operación; mientras que la voz del
sacerdote, en cuanto obra como instrumento de Nuestro Señor
Jesucristo, en el acto de la consagración reproduce de una
manera admirable al Hombre-Dios, bajo las especies
sacramentales, y esto tantas cuantas veces consagra.
El
Beato Juan el Bueno de Mantua con un milagro hizo conocer en
cierto día esta verdad a un ermitaño, compañero suyo. No
podía éste comprender que la palabra del sacerdote fuese
bastante poderosa para convertir la substancia del pan y del
vino, en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo; y,
lo que aún es más lamentable, cedió a las sugestiones del
demonio. Tan pronto el venerable Siervo de Dios se apercibió
del gravísimo error de su compañero, lo condujo cerca de una
fuente, de la que sacó un poco de agua, que le hizo tomar. El
ermitaño, después de haberla bebido, declaró que jamás había
gustado un vino tan delicado. Pues bien, le dijo entonces el
Siervo de Dios, ¿veis lo que significa este prodigio? Si por
mi mediación, y eso que no soy más que un miserable mortal,
la virtud divina ha mudado el agua en vino, ¿con cuánta
mayor razón debéis creer que por medio de las palabras del
sacerdote, que son las palabras del mismo Dios, el pan y el
vino se convierten en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor
Jesucristo?
¿Quién,
pues, se atreverá a fijar límites a la omnipotencia de Dios?
Esto bastó para ilustrar a aquel afligido solitario,
quien, alejando de repente todas las dudas que atormentaban su
alma, hizo una austera penitencia de su pecado.
Tengamos
fe, pero fe viva, y confesaremos que son innumerables las
maravillosas excelencias contenidas en este adorable
Sacrificio. Entonces no nos asombraremos viendo renovarse a
cada instante, y en mil y mil lugares diversos, el prodigio de
la multiplicación de la Humanidad sacratísima del Salvador,
por la cual goza de una especie de inmensidad no concedida a
ningún otro cuerpo, y reservada a ella sola en recompensa de
una vida inmolada al Altísimo. Esto es lo que el demonio,
hablando por boca de una obsesa o endemoniada, hizo comprender
a un judío incrédulo, valiéndose de una comparación
material y ordinaria. Encontrábase este judío en una plaza pública
con otras muchas personas entre las cuales estaba la obsesa,
cuando vio pasar un sacerdote que, seguido de una numerosa
comitiva, llevaba a un enfermo el Sagrado Viático. Todos se
arrodillaron al instante para adorar al Santísimo Sacramento;
pero el judío permaneció inmóvil y no dio la menor señal
de respeto. Apercibiéndose de ello la obsesa, se levantó con
ira, y dando al judío un fuerte bofetón, le quitó con
violencia su sombrero. "Desgraciado, le dice, ¿por qué
no rindes homenaje al verdadero Dios, que está presente en
este Divino Sacramento? — ¿Qué verdadero Dios? replicó el
judío; si así fuese, pudiera decirse que había muchos
dioses, puesto que cuando se celebra la Misa hay uno en cada
altar". Al oír estas palabras tomó la obsesa una criba,
y poniéndola en frente del sol, le dijo al judío que mirase
los rayos que pasaban por medio de los agujeros, y en seguida
añadió: "Dime, judío, ¿son muchos los soles que
atraviesan esta criba, o no hay más que uno?" El judío
contestó que sólo había uno, no obstante la multiplicación
de rayos. "¿Por qué te asombras, pues, repuso la
obsesa, de que un Dios hecho hombre, aunque uno, indivisible e
inmutable, se ponga por un exceso de amor, real y
verdaderamente presente bajo los velos del Sacramento y sobre
muchos altares a la vez?" Esta reflexión fue bastante
para confundir la perfidia del judío, que se vio obligado a
confesar la verdad de la fe.
¡Oh
fe santa! Necesitamos un rayo de tu luz para repetir con
fervor: ¿Quién se atreverá jamás a fijar límites a la
omnipotencia de Dios? La sublime idea que Santa Teresa de Jesús
había concebido de esta omnipotencia, le hacía decir a
menudo, que cuanto más profundos e inaccesibles a nuestro
entendimiento eran los misterios de nuestra Religión, más se
adhería a ellos, con más firmeza y devoción, sabiendo muy
bien que el Todopoderoso puede hacer, si es de su divino
agrado, prodigios infinitamente más admirables que todo
cuanto vemos. Aviva, pues, mucho tu fe, y confesarás que este
Divino Sacrificio es el milagro de los milagros, la maravilla
de las maravillas, y que su principal excelencia consiste en
ser incomprensible a nuestra débil inteligencia, y lleno de
asombro di una y mil veces: ¡Ah qué gran tesoro! ¡Cuán
inmenso es! Pero si su prodigiosa excelencia no basta a
conmoverte, te conmoverás, sin duda, en vista de la suprema
necesidad que tenemos de este Santísimo Sacrificio. Indice
Notas:
(1)
"Débiles y pobres elementos". (Gal. 4, 9). (N.del
E.).
(2)
S. 4, 6. (N. del E.)
(3)
"Vi (...) un cordero de pie como degollado".
(4)
"Se realiza la obra de nuestra redención" (Oración
de la Secreta del 99 Domingo
después
de Pentecostés). (N. del E.).
(5)
"Maldito el que ejecuta de mala fe la obra del Señor".
(Jer. 48,10). (N. del E.).
(6)
"Nos has hecho para nuestro Dios un reino y
sacerdotes" (Ap. 5,10) . (N. del
E.). Indice
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