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Qué
produce nuestra Santa Misa
¡Qué
sencillez tan sublime la de nuestra Misa! ¡Qué dicha tan
grande la de los católicos a los que la Iglesia procura cada
Domingo, y todos los días si ello es posible, una tan
profunda intimidad con Jesucristo, Dios y Hombre verdadero!
Nuestra
Misa nos hace experimentar la alegría de pertenecer a la gran
familia católica. No podemos imaginarnos cuánto nos
enriquece esta oración colectiva respetuosa con la
personalidad de cada cual y que sólo sacrifica los errores,
abusos y lagunas del subjetivismo. Al rezar “en plural”
oramos por todos y con todos los católicos, con los
fervientes que nos arrastran y con los pecadores a los que ayudamos.
Alentados por los unos, sostenemos a los otros. Insertamos
nuestros deseos y nuestras quejas en, la gran súplica de toda
la Iglesia. En la Misa nos debemos levantar juntos, arrodillar
juntos, pronunciar juntos las mismas oraciones. Si me parece
que lo que leo no responde a mi actual estado de ánimo, rogaré
por aquellos de mis hermanos a quienes pueda convenir; y al
decirla con humildad, descubriré a veces que también yo lo
necesitaba. Si determinado pasaje de las lecciones recuerda un
deber que no me concierne, rogaré entonces por aquellos de
mis hermanos que tengan que observarlo
¡Qué bueno
es olvidarse de uno mismo rezando! Ese es el medio de entrar
en los caminos del amor divino. Aliviado de la preocupación
de mi mismo, podré esperar a Dios y descansar en Él.
Nuestra
Misa es un inmenso acto de caridad pues es la oración de
Jesucristo y de Su Cuerpo Místico. Formamos parte del
concierto de los ángeles; rezamos con todos los elegidos del
Cielo y en primer lugar con la Bienaventurada Siempre Virgen
María (como los discípulos en el Cenáculo) y con los santos
apóstoles; ofrecemos los frutos del Santo Sacrificio por las
ánimas del Purgatorio. En la Misa oramos con y por todos los
católicos de la Tierra; con y por supuesto con el Santo Padre
el Papa y por nuestros obispos; la oración del más humilde
sube hacia Dios con la del más grande. El contemplativo y el
misionero, el rico y el pobre, el sabio y el estudiante
ofrecen todos la misma Víctima.
En
la Misa. el espacio y el tiempo se desvanecen; estamos en el
eterno «hoy» de Dios. Nuestra Misa es la misma que se
celebra en todo el derredor del Planeta. Sobre toda la Tierra
cuando una Misa acaba empieza otra; alrededor de trescientas
mil Misas se suceden continuadamente en el curso de los
ochenta y seis mil segundos que componen las veinticuatro
horas del día. Con nuestra Misa damos gracias como San
Policarpo y San
Cipriano, profesamos la misma fe que
confesaron los
mártires en los potros de tortura, recibimos la misma «Eucaristía»
de la que obtuvieron el valor para entregar sus cuerpos y para
derramar su sangre por amor de Cristo, que dio su Cuerpo y
vertió su Sangre por nosotros lo mismos que por ellos. El
Padre de los Cielos oye nuestra oración al mismo tiempo que
la de todos ellos y al mismo tiempo
que la de los católicos que un día nos
relevarán para que nosotros vayamos a celebrar la Misa del
Cielo. Cuando casi todos nosotros hayamos desaparecido de la
escena uno de los niñitos que están aquí será tal vez un
digno sacerdote que presidirá para unos católicos que todavía
no han nacido, la misma Misa
que hemos cantado hoy. Y durante tantos siglos como
Dios quiera, la Iglesia repetirá la liturgia de Nuestra Misa.
El Amén de las generaciones futuras será el eco del nuestro.
Nuestra Misa domina los siglos; la Tierra es un vasto altar en
el que Cristo y sus miembros ofrecen a Dios una eterna
alabanza y la Humanidad redimida no forma ya --la frase es de
San Agustín-- más que un hombre único cuya oración dura
hasta el fin de los tiempos.
Igual
que los Discípulos después de la última bendición de Jesús
regresaron a Jerusalén llenos de alegría, nosotros vamos a
continuar también el Sacrificio de Cristo en nuestra vida,
mezclando la ofrenda de nuestras acciones cotidianas con la de
Nuestro Redentor. Ese es el sentido de la oración “Actiones
nostras” que el sacerdote reza después de la Misa
cuando deja los vestidos litúrgicos: ¡Rogámoste, Señor,
que te dignes prevenir con Tu inspiración nuestras
acciones y acompañarlas con Tu auxilio, para que toda
oración y obra nuestra tenga en Ti su principio,
y sostenida por Ti llegue
a su término!
Nuestra
Misa se proseguirá en nuestra vida si ofrecemos
a Dios nuestro
trabajo de cada día unido
al Sacrificio de Jesús. La obediencia a vuestros deberes de
estado prolongará la adoración de vuestra Misa. Vuestras
fatigas y vuestras penas ofrecidas a Dios con los sufrimientos
del Salvador en el Calvario, continuarán la propiciación
de vuestra Misa ¿Acaso no las habéis presentado en el
Ofertorio con vuestros trabajos diarios y con las
tareas de la casa? La mano que levanta un pesado
instrumento, y la
que se crispa de tanto escribir
o y la que empuja pacientemente la aguja, continúan
ofreciendo a Cristo, cuando el católico lo ha recibido en la
Misa. Vosotros haréis así de vuestra vida una «anáfora»
una elevación a Dios.
Convertidla
igualmente en una donación de Cristo a vuestros hermanos
asociándolos por vuestra caridad a los dichosos efectos de
vuestra Comunión. «La Comunión sin las obras de caridad
-escribe monseñor Gerbert- sería un sacrificio sin acción
de gracias.» Siendo benévolos y serviciales, pacientes e
indulgentes daréis a los demás los frutos del Evangelio y os
adheriréis más a Cristo, que los produce en vosotros. «Cuando
te arrojas a las rodillas de tus hermanos -dicé Tertuliano-
es a Cristo a quien te abrazas, es a Cristo a quien ruegas
La
Misa es, finalmente el
foco de toda vida apostólica. Cuando vemos caer el ateísmo
sobre el mundo, materializando las almas, rebajando las
aspiraciones humanas únicamente a los
goces de la Tierra y exaltando el egoísmo en todas las
esferas de la sociedad, podemos preguntamos si cabe detener
tan devastador azote. Es necesario un milagro: sólo Dios
puede destrozar las fuerzas del mal. Pero ese milagro está a
nuestro alcance es nuestra Misa, que al renovar el sacrificio
de la Cruz, opone el Reino de Dios al reinó del pecado. La
Misa es el antídoto de la blasfemia; por ella crece y se
desarrolla en las almas el espíritu de Jesús. «Cuando el
sacerdote celebra, edifica a la Iglesia», la construye,
la eleva, la amplifica. Católicos, volvamos llenos de alegría
a la tarea de la reconstrucción del mundo, en todas las
naciones y
hasta el fin
de los siglos. Comprendamos, amemos, vivamos nuestra Misa, y
apresuraremos la victoria de Jesucristo.
«Él
está allí.
»Está
allí como el primer día.
»Está
allí entre nosotros como el día de Su muerte.
»Está
allí eternamente entre nosotros igual que el primer día.
»Su
Cuerpo. Su mismo Cuerpo, cuelga de la misma cruz.
»Sus
ojos. Sus mismos ojos tiemblan con las mismas lágrimas.
»Su
Sangre. Su misma Sangre mana de las mismas llagas.
»Su
Corazón. Su mismo Corazón sangra con el mismo mal.
»El
mismo sacrificio inmola la misma Carne, el mismo sacrificio
derrama la misma Sangre.
»Es
la misma historia, exactamente la misma, eternamente la misma
que sucedió en aquel tiempo y en aquel país y que sucederá
todos los días de toda la eternidad.
»En
todas las parroquias de toda la cristiandad»
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