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LAS
VESTIDURAS SAGRADAS
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EL
AMITO
El diácono y el subdiácono –que son los servidores inmediatos del
sacerdote-, el mismo sacerdote y hasta el Obispo, que es el clérigo que
posee la plenitud del sacerdocio, cuando van a revestirse de sus
ornamentos propios se ponen el amito, que es un trozo de tela blanca
rectangular y lo suficientemente ancha para que cubra el cuello y los
hombros. Lleva en su centro pintada o bordada una cruz, que siempre debe
besar el que lo usa antes de ponérselo y al quitárselo; en las puntas
delanteras lleva cosidas dos cintas o cordones lo bastante largos para
que puedan cruzarse primero sobre el pecho y luego en la espalda, para
volver finalmente adelante y unirse con un lazo. Espiritualmente, y por
la misma oración que reza el que se lo pone, el amito, que antes cubría
la cabeza, viene a ser como el yelmo salvador contra los ataques del
demonio.
La oración es: Pon, señor, sobre mi cabeza el yelmo de salvación para
rechazar los asaltos del enemigo.
Nos recuerda que hemos de defendernos de los enemigos de nuestras almas.
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EL
ALBA
Los clérigos, después de ponerse el amito, se visten como segundo
ornamento una túnica que los cubre de arriba abajo, y que, por ser
siempre blanca, ha recibido el mismo nombre de su adjetivo en latín:
alba.
Es uno de los más importantes ornamentos litúrgicos. Proviene de la túnica
blanca que llevaban los griegos y romanos en tiempo del Imperio.
Místicamente nos recuerda la pureza de corazón que ha de poseer el que
la lleva, como la oración que dice el sacerdote al ponérsela:
Hazme puro, Señor, y limpia mi corazón, para que, santificado por la
sangre del cordero, pueda gozar de las delicias eternas.
Si el amito significaba el lienzo con que fue cubierto el rostro de Jesús,
el alba significa la vestidura blanca que le hizo poner Herodes.
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EL
CÍNGULO
Para que el alba, se adapte convenientemente al cuerpo del que la lleva
y quede redondeada por su parte inferior sin que cuelgue por ningún
lado, el clérigo se ciñe sobre ella un grueso cordón, el cíngulo,
que puede ser blanco, dorado o del color litúrgico del día; el cual,
fijado primero por delante y haciéndolo cruzar por detrás, vuelve
simplemente a cada lado, desde donde cuelga hacia abajo el cordón que
sobra, y que ordinariamente va rematado por una borla.
Espiritualmente nos recuerda, según la oración que reza el sacerdote,
la necesidad de luchar contra las bajas pasiones de la carne:
Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza, y apaga en mis carnes el
fuego de la concupiscencia, para que more siempre en mí la virtud de la
continencia y castidad.
El cíngulo significa las cuerdas con que fue atado Nuestro Señor en el
huerto de los Olivos.
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EL
MANÍPULO
El sacerdote, (y también el Diácono y el Subdiácono en las misas
solemnes), lleva fija sobre el brazo izquierdo una corta franja llamada
manípulo. Tiene su origen en un trozo de lienzo o pañuelo que
antiguamente llevaban los cónsules y que agitaban en el aire para señalar
el principio o fin de algún acto. También servía para enjugar el
sudor o las lágrimas.
El manípulo, que ha de ser del color litúrgico del día, debe tener en
su centro, que viene encima mismo del brazo, una cruz que ha de besar el
que lo lleva, tanto antes de ponérselo como después al quitárselo.
Ordinariamente también suele ponerse una cruz a cada extremo, aunque no
está propiamente mandado.
Espiritualmente nos recuerda las buenas obras y que los trabajos y el
dolor ofrecidos a Dios serán espléndidamente recompensados. La oración
que el sacerdote pronuncia al ponérselo es: Merezca, Señor, llevar el
manípulo del llanto y del dolor, para poder recibir con alegría el
premio de mis trabajos.
El manípulo significa las ataduras de las manos al ser azotado Nuestro
Señor.
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LA
ESTOLA
La estola fue en su origen una faja o banda que algunos llevaban como
adorno o señal de autoridad y otros por necesidad. Sólo pueden
llevarla los Obispos, Sacerdotes y Diáconos, aunque de un modo distinto
cada uno. El diácono la lleva sobre el hombro izquierdo y la hace
cruzar a su lado derecho sujetándola con el cíngulo. El Sacerdote, la
lleva cruzada sobre el pecho, y el Obispo simplemente colgando del
cuello, como también puede hacerlo el Sacerdote siempre que la lleva
puesta encima de la sobrepelliz, como por ejemplo, cuando administra la
Sagrada Comunión fuera de la Santa Misa.
Su longitud, pues, debe ser suficiente para que, pasada por el cuello y
cruzada por delante del pecho del Sacerdote, cada extremo, sujetado a
ambos costados por el cíngulo, pueda todavía caer, resaltando sobre la
blancura del alba. Espiritualmente, la estola puede recordarnos la
dignidad de hijos de Dios que desgraciadamente perdimos por el pecado de
Adán y Eva, y así, al ver que el sacerdote, que es nuestro
representante ante el Altísimo, lleva la estola puesta, podemos
gozosamente contar con que la divina gracia nos devolverá aquella
dignidad y herencia que le corresponde, es decir, la eterna Gloria.
La Iglesia hace pedir, al imponérsela el Sacerdote, la inmortalidad,
perdida por el pecado, y el premio de nuestro último y feliz destino:
Devuélveme, Señor, la estola de la inmortalidad, que perdí con la
prevaricación del primer padre, y aún cuando me acerque, sin ser
digno, a celebrar tus sagrados misterios, haz que merezca el gozo
sempiterno. La estola significa las sogas con que Nuestro Señor fue
arrastrado al Calvario.
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LA
CASULLA
El ornamento propio del sacerdote durante la celebración de la Santa
Misa y el más importante de todos es la casulla. Esta palabra, que
significa tienda, dado que la casulla es de tela, viene a indicar que,
así como la vela de una tienda de campaña la cubre totalmente, de
igual modo la casulla –que ha de ser de seda, del color litúrgico del
día, y también ornamentada como sea posible- cubría totalmente al
sacerdote, el cual sacaba la cabeza por la abertura que para tal fin había
en el punto central del mismo, y los brazos por los lados, quedando
alrededor de los brazos amplios pliegues. Para aligerar esta incomodidad
los ministros asistentes ayudaban al sacerdote, sosteniéndole un poco
la casulla cuando éste había de alzar mucho los brazos, como en la
incensación y en la elevación. (De ahí ha quedado la costumbre de
levantar la casulla por detrás en el momento de la elevación).
Con el tiempo, y a fin de evitar esa molestia, se fue recortando la tela
de los lados hasta llegar a las casullas que normalmente veis y que no
llegan más que a los hombros. Espiritualmente, la casulla nos recuerda
el suave yugo de la ley del Señor. La oración que reza el Sacerdote al
revestirse de ella es: Señor, que has dicho: “Mi yugo es suave y mi
carga ligera”, haz que lo lleve de tal modo, que consiga tu gracia. Amén.
La casulla significa el vestido de púrpura puesto a Jesús cuando le
trataron en son de burla como rey.
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LA
DALMÁTICA
El último ornamente que actualmente
visten, lo mismo que el Diácono el Subdiácono, es la dalmática,
holgada túnica de seda que corresponde al color litúrgico, acortada en
su parte inferior y abierta un buen trozo por los lados. Se llama así
por proceder de la Dalmacia.
Antes la dalmática propiamente privativa del diácono; y el subdiácono,
en lugar de dalmática, llevaba una pieza parecida, pero distinta,
llamada tunicela, que solía ser un poco más corta y menos rica en sus
adornos. Hoy son prácticamente iguales y tan sólo se distinguen por su
ornamentación.
Se aconseja al diácono y al subdiácono que, al revestirse, recen una
oración que a nosotros puede servirnos también para poner piadosamente
a tono nuestro espíritu al verles revestidos de ella. El diácono dice:
“Revestidme, Señor, con el ornamento de salvación y con el vestido
de gozo; y cubridme siempre con la dalmática de la santidad”. El
subdiácono: “Que el Señor me revista con la túnica del gozo y con
el ornamento de la alegría”.
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LA
CAPA PLUVIAL
Parece que antes, en las frecuentes procesiones que se hacían por los
alrededores de los pueblos, los clérigos llevaban previsoramente para
guardarse de la posible lluvia esta capa, que, además de cubrirles el
cuerpo, tenía entre los hombros una capucha para poder cubrirse la
cabeza si empezaba a llover. Por esto, pues, aún hoy en día, por tal
recuerdo a esta capa se le llama pluvial, o sea para la lluvia, y por la
misma razón, en acuerdo de su origen, se le añade en su puesto
adecuado una capucha.
Conviene saber que es obligatoria, cuando se tiene, para ciertas
ceremonias o bendiciones más solemnes, por ejemplo la bendición anual
de las candelas, de la ceniza, de los ramos y del fuego nuevo; también
debe llevarse en la bendición con la custodia durante la exposición
del Santísimo, así como en una procesión eucarística.
No es de uso exclusivo del Sacerdote, pero no pueden usarla los
seglares.
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LOS
OBJETOS LITÚRGICOS
EL
CÁLIZ
Es el vaso sagrado en forma de copa,
donde se pone el vino que se ha de consagrar. Ha de ser metálico, tan
precioso como sea posible, con pie y un nudo saliente entre éste y la
copa propiamente dicha.
El cáliz sirve en la Santa Misa para poner el vino y unas gotas de
agua, que, después de ofrecido y mediante la consagración, se
convierte en la Sangre de Nuestro Señor.
Antes los cálices tenían dimensiones mayores que los actuales. Hay cálices
valiosísimos, algunas verdaderas obras de arte. La copa ha de ser
interiormente dorada.
Todo cuanto pueda decirse de la riqueza de los cálices debe animarnos a
embellecer nuestra alma en pureza y fervor para que al comulgar, Dios la
encuentre pura y limpia como el cáliz. También nosotros somos, en un
segundo sentido figurado, cálices vivos, y ojalá seamos menos
indignos, por medio de las joyas que son las virtudes.
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La
hijuela
Antes los corporales eran mucho
mayores que ahora, porque en la Santa Misa, cuando ya había en el cáliz
el vino con unas gotas de agua y el Celebrante lo había ofrecido en el
Ofertorio, lo cubría con un extremo de los corporales para evitar que
pudiera caer dentro ya fuese polvo, ya cualquier brizna u otra cosa;
pero como que esto traía sus inconvenientes, se cortó del extremo de
los corporales un trozo que venía justo para tapar el cáliz. Por dicha
razón, este trozo cuadrado del mismo lino que los corporales y
planchado como ellos, que va suelto dentro de sus pliegues para cubrir
con él, al ser el momento, la copa del cáliz, se llama naturalmente
hijuela, es decir, pieza originaria o que procede de los mismos
corporales.
Puede la hijuela tener encaje en los bordes, si se prefiere en la parte
superior puede haber incluso algún bordado, pero no calados ni vainica
en el dobladillo, puesto que su finalidad es cubrir la boca del cáliz,
y podrían dejar pasar lo que precisamente deben impedir. Este gran
cuidado, que jamás es extremado tratándose de lo que se trata, te
indica que en las cosas referentes a Dios debemos conducirnos siempre
con la máxima delicadeza.
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El
purificador
Encima del cáliz, al prepararlo para la celebración de la Santa Misa,
se coloca una pequeña pieza de lino llamada purificador, porque con él
se purifica el cáliz frotando el interior de la copa antes de ponerle
vino, y luego de haberlo puesto se secan con él las gotas que hubiesen
podido quedar en los bordes; también con el purificador se frota la
patena y el Celebrante se seca los labios después de haber bebido el
vino de la ablución del cáliz, se seca los dedos cuando hace la ablución
de éstos y, finalmente, seca con él el cáliz.
El purificador puede estar adornado con puntilla o encaje en los bordes,
pero para distinguirlo de algunas toallitas de lavabo, que por lo pequeñas
se le asemejan, debe traer una cruz bordada en el centro.
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El
cubrecáliz
Una vez dispuesto el cáliz para la Santa Misa, no se lleva al
presbiterio ni al altar sin cubrirlo antes con una seda rectangular del
color litúrgico del día, la cual, por esta razón, lleva el nombre de
cubrecáliz. Puede estar ribeteada con un galón dorado y llevar también
pintada o bordada una cruz griega, o sea, de brazos iguales, en su parte
delantera; si lleva la cruz, ésta resulta visible cuando el cáliz está
sobre el altar y cubierto, que es al comienzo y al final de la Santa
Misa.
La
bolsa de los corporales
Encima del cubrecáliz con que se recubre el cáliz siempre se pone la
bolsa de los corporales, con ellos dentro, a fin de extenderlos
convenientemente al llegar el momento.
LA
PATENA
Es un plato metálico redondo y casi llano, pero ligeramente cóncavo.
En la patena se coloca la Hostia, antes y después de la consagración,
por lo que debe ser de la misma calidad que la copa del cáliz y en la
parte interior, dorada.
La
palia
Aunque no esté propiamente mandado, la misma reverencia debida a las
cosas sagradas ha establecido en la práctica que, al preparar el cáliz
para la Santa Misa y poner la patena sobre el purificador con la Hostia,
encima de ella, como para resguardarla especialmente, se coloca la
palia, que es una especie de tapa de lino redonda y aproximadamente de
la misma medida que la Hostia. Por la parte que toca con ella ha de ser
lisa, pero puede estar pintada o bordada con motivos adecuados por la
parte superior, en la que debe tener asimismo una pequeña presilla para
cogerla.
Es curioso ver como esta pieza casi ya no se utiliza y que el nombre de
la palia se da ahora más bien a la hijuela.
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EL
COPÓN
A diferencia de los primeros siglos, después de la Comunión repartida
dentro de la Misa, actualmente se guardan o reservan otras Sagradas
Formas a fin de poder dar la Comunión fuera de la Misa y también para
que puedan recibirla los enfermos. Esto hace imprescindible un
recipiente o depósito, al que generalmente llamamos copón.
El copón viene a ser, en materia y forma, parecido a un cáliz, pero
provisto de una cubierta que lo cierra. A pesar de lo cual, siempre que
no se emplee para repartir la Sagrada Comunión debe guardarse, para
mayor respeto, con un envoltorio de seda blanca -color litúrgico de la
Eucaristía-, que puede adornarse con bordados decorativos o alegóricos.
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EL
SAGRARIO
La existencia del copón para tener en reserva las Sagradas Formas
obliga a disponer, naturalmente, de un lugar expreso y adecuado para
guardarlo. Tal es la misión del sagrario. Construido en madera, metal o
mármol, enclavado sobre el altar y con puerta que cierre con llave,
dorado por dentro o tapizado con seda blanca, y por fuera tan rico como
sea posible, tanto material como artísticamente, el sagrario viene a
ser como el pequeño templo donde permanece noche y día Jesús
Sacramentado, que por siempre sea alabado. Sagrarios hay, naturalmente,
de todos estilos, y algunos hacen juego con el del Templo o del altar
donde están colocados, lo cual es de alabar. Sobre el sagrario está
prohibido poner nada, a no ser cuando convenga, el Crucifijo del altar.
¡Qué agradecimiento tan grande debe despertar en nuestra alma la
contemplación de un sagrario, sólo por el hecho de pensar que allí
dentro, prisionero del amor, nos espera el buen Jesús para escucharnos
y consolarnos! Incluso para aquellas almas que se hallan más o menos
inquietas por su aparente falta de fe, ¡qué oportunidad más propicia
la de hacer, ante un sagrario que encierra al buen Jesús, el espléndido
y muy real acto de fe que es una genuflexión perfecta y devota! Si nos
acostumbramos además a decir mentalmente, mientras hacemos la genuflexión,
la jaculatoria eucarística que nos inspire más fervor, nuestro acto de
fe tendrá el doble valor de ser hecho con el pensamiento y con el corazón.
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El
Conopeo
Del mismo modo que decíamos que para mayor reverencia está mandado
cubrir el copón, incluso cuando está dentro del sagrario, con un
envoltorio de seda blanca, también por la misma razón está ordenado
que el sagrario esté todo él recubierto con un envoltorio de tela de
color, que puede ser blanca – color litúrgico de la Eucaristía, o
mejor aún del color del día. Este obligado envoltorio del sagrario se
llama conopeo. La figura te presenta el sagrario cubierto, como se debe,
con el conopeo.
El conopeo ha de ser un envoltorio total, y, en lo posible, no abierto
por delante como un cortinaje; tampoco ha de ser transparente. Y aunque
esto, que está positivamente ordenado, parece que tenga el
inconveniente de ocultar la suntuosidad o el arte empleado en la
construcción del sagrario, tiene en cambio una excelente compensación:
y es que, con el conopeo, todos los sagrarios, así los más ricos como
los más sencillos, ganan en magnificencia, al parecer todos por igual
una rica tienda en la cual habita el Rey de reyes.
Aún es mayor, en ciertos casos, el servicio que puede prestar el
conopeo en la práctica. Por ejemplo: en una iglesia donde no se cuide
de atender esta ley del conopeo, cuando del sagrario se retira la
Reserva para trasladarla a otro sagrario del mismo templo, es casi
seguro que los fieles que entren después al templo, de momento, y por
costumbre, no harán la genuflexión ante el sagrario que encierra la
Reserva, sino que la harán ante el que ha quedado vacío. En cambio,
este error no es posible en las iglesias donde se recubre con el conopeo
el sagrario donde está el Santísimo Sacramento, y no los demás
sagrarios del templo; porque nada se ve mejor, a simple vista, si un
sagrario lleva o no conopeo.
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EL
ALTAR
Primitivamente, y considerando únicamente su función esencial, el ara
clásica o altar era un sencillo bloque de piedra más o menos bien
cortado, es decir, tallado en ángulo recto y de forma cúbica en cuya
superficie frontal se ve esculpido el anagrama o abreviación del nombre
de Cristo, o sea las iniciales de este Nombre en griego. Encima de dicho
bloque cabían naturalmente, el pan y el vino que durante la celebración
de la Misa y en el momento de la consagración habían de cambiarse en
el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Poco después, con la creciente concurrencia de fieles y con las
ofrendas que principalmente de pan y vino hacían en el Ofertorio, para
que una vez consagradas fuesen distribuidas luego en la Comunión que
ordinariamente era general, resultó insuficiente el espacio del plano
superior del bloque primitivo; y por este motivo se procedió a la
construcción de altares en forma de mesa. Aunque dicha mesa era
diferente de la mesa típica de los judíos, con todo recordaba
espiritualmente la institución del Santísimo Sacramento en la Cena
eucarística de la víspera de la Pasión, y al mismo tiempo era más práctica
y adecuada para recibir en ellas las mencionadas ofrendas y, más
adelante, el misal y los candelabros. Modernamente hay muchos altares
construidos en esta forma de mesa sostenida en el centro por un bloque
de piedra. Empleados estos dos elementos, el bloque y la mesa, a la vez
que resultan armoniosamente artísticos por su misma sencillez,
recuerdan respectivamente el origen y la primera evolución del altar.
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La
Cruz
El primero y principal de los componentes del altar es su Cruz central
con la imagen de Jesús clavado en ella. La iglesia no hace obligatoria
ninguna otra imagen sino la del Crucifijo, y tiene mandado que la Cruz
del altar sea de proporciones visibles para todos los fieles que
participan de la Santa Misa, a fin de que así tengan siempre presente
que ésta es la continuación del sacrificio redentor de Jesús, que
ahora se realiza sobre el místico Calvario del altar. Por eso mismo,
fuera de la celebración de la Santa Misa y exceptuando la hora en que
se expone solamente el Santísimo, está mandado que siempre, mañana y
tarde y a todas horas, esté la Cruz sobre el altar para hacernos
recordar que es un Calvario místico. El peregrino que en Tierra Santa
ve el mismo Calvario donde murió Jesús para darnos vida, y ¡con qué
emoción lo debe contemplar, por más siglos que hayan transcurrido
desde que sucedió! Así conviene también que miremos nosotros al
altar, pues es un Calvario místico, como nos recuerda el Crucifijo que
vemos sobre él constantemente.
Por más que haya cruces de altar valiosísimas, material y artísticamente,
y de diversos estilos, convendría a ser posible que quede patente el
fin eminentemente piadoso que tiene la Cruz, la cual está expuesta allí
precisamente para que todos los fieles puedan contemplar en ella con
edificación la visible y digna imagen de Jesús clavado en cruz. No se
trata, pues, de hacer visible tan sólo un palo con su travesaño
construidos con más o menos lujo; sino que es preciso que sea bien
visible también la imagen de Jesús clavado en la cruz. La Cruz del
altar ha de ser, por lo tanto, un crucifijo.
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Los
corporales
A fin de asegurar enteramente que el contacto de Jesús Sacramentado
sobre el altar tenga las máximas garantías de limpieza, además de los
blancos manteles que litúrgicamente deben cubrir el altar, antes de la
Misa y antes de dar fuera de ella la Sagrada Comunión, como igualmente
siempre que vayan a exponer el Santísimo, deben extenderse en medio de
la mesa del altar los corporales, los cuales son como un pequeño mantel
blanco de lino, de unos dos palmos y medio en cuadro que, doblado en
cuatro dobleces, tiene nueve porciones iguales.
Si bien pueden ir adornados con un encaje estrecho alrededor, no deben
tener ningún bordado porque habiéndose de poner encima la Sagrada
Hostia, ninguna partícula que pueda desprenderse de ella quede
arrinconada en el bordado o pase debajo de los corporales. Aquí, más
que en ninguna otra parte, hay que hacer prevalecer aquella norma práctica
tan juiciosa: primero es la utilidad que la belleza.
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Los
candelabros
Además de la Cruz hay también, como complementos del altar, los
candelabros. Cuando se celebra una Misa rezada debe haber sobre el altar
dos pequeños candelabros con los cirios encendidos; y cuando la Misa es
cantada o solemne, han de ser seis los candelabros grandes colocados
tres a cada lado de la Cruz, o cuando menos cuatro (sin contar los pequeños);
pero si el Señor obispo celebra de pontifical, han de ser siete.
Según se ve por estas diferencias que acabamos de indicar, los cirios
del altar no solamente se encienden para iluminar el altar, sino para señalar
el grado de importancia del acto que se celebra. En cuanto al oficio de
los candelabros, hay que tener siempre cuidado de que los cirios estén
bien derechos y limpios de cera derretida; y ante todo, que los seis
candelabros grandes, siempre se hallen colocados en perfecta simetría.
También de los cirios encendidos sobre los candelabros podemos sacar un
provecho espiritual si consideramos que, junto a la imagen de Jesús,
ellos nos lo simbolizan, pues la última profecía sobre Jesús fue la
del anciano Simeón, que aseguró que él sería la Luz para adoctrinar
los pueblos gentiles; y en verdad Jesús es, como dice el evangelista
San Juan, la Luz verdadera que ilumina a todo el mundo, y siempre será,
como dice Él mismo en el Evangelio, la Luz del mundo.
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Los
manteles
La mesa del altar, que nos trae a la memoria la de la Cena, pide que se
le cubra con manteles blancos, los cuales han de ser tres, según
prescriben las leyes litúrgicas, para que en caso de derramarse la
Sangre del Cáliz pudiese ser recogida por los manteles sin llegar a la
piedra o a la madera del altar; y las de encima deben llegar por los
lados, hasta el suelo. Los manteles pueden ser adornados con puntillas,
flecos, bordados, etc. El mantel superior debe alargarse por los lados,
como hemos dicho antes, pero en cambio no es de ningún modo obligatorio
que baje ni poco ni mucho por delante del altar; más bien es
preferible, así litúrgica como artísticamente, que no caiga en
absoluto por delante, pues de este modo no priva nunca de ver toda la
parte delantera del altar; y con mayor razón todavía si la mesa de éste
va sostenida por columnas.
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El
Misal
Otro complemento del altar, imprescindible durante la celebración de la
Santa Misa, es el Misal, libro en el cual están todos los textos litúrgicos
que se rezan o cantan en todas las misas del año. Por lo tanto, se
comprende que con tan considerable contenido, y siendo precisa una letra
grande y bien visible, sea el Misal un libro de gran formato y muy
voluminoso; además, siendo así que ciertas condiciones materiales que
por lo general no poseen los demás libros.
Hablando del Misal, no es preciso ya decirte que debes estar muy
contento de tener y usar tu misalito popular para oír mejor la Santa
Misa; pero en caso de no tenerlo aún, haz todo lo posible por poseerlo
cuanto antes, y asistir al Santo Sacrificio de la Misa del mejor modo
que se puede hacer.
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El
facistol
Para sostener el misal en la posición más favorable para su lectura, y
para trasladarlo además del modo más fácil y respetuoso, puesto que
se trata de un libro tan considerable, existe un pequeño mueble litúrgico
llamado facistol. Podría trasladarse el misal abierto y reclinado
solamente sobre un cojín del color litúrgico del día; más, como que
ordinariamente suelen ayudar la misa niños de pocos años que bastante
trabajo tienen muchas veces para levantar del altar el Misal y
trasladarlo, por lo mismo podemos decir que el uso del facistol es más
práctico. Puede ser de madera o de metal, y tener el plano que sostiene
al libro, con inclinación graduable.
En días de mayor solemnidad, puede cubrirse el facistol con un paño
del color litúrgico de la fiesta...
Durante el rezo o canto de las Horas canónicas del Oficio divino, se
emplea el llamado facistol de pie, a fin de poder leer o cantar en pie
los correspondientes textos litúrgicos. Esta clase de facistoles pueden
emplearse también para cantar la Epístola y el Evangelio en la misa
solemne; pero en tal caso se les debe cubrir con un paño del mismo
color litúrgico de los ornamentos.
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La
palmatoria
Otra de las cosas necesarias al altar durante la celebración de la
Santa Misa, aunque sólo sea rezada, es la palmatoria, provista de cirio
–y mejor si es corto, para que no se derrame la cera-, el cual debe
encenderse y mantenerse así encendida sobre el altar durante la
permanencia en él de la Santísima Eucaristía, o sea: desde unos
momentos antes de la Consagración hasta después de la Comunión del
celebrante o también de los fieles si, como es de desear, les es
distribuida en este momento de la Misa. La reverencia y compañía que
la palmatoria encendida tributa al Santísimo Sacramento, debe ayudarte
a reavivar y enfervorizar tu atención hacia el Santo Sacrificio durante
todo el tiempo que permanece Jesús con su presencia eucarística sobre
el altar.
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Las
vinajeras
Para la debida preparación del Cáliz
durante la Santa Misa con miras a la consagración, es necesario otro
complemento del altar denominado vinajeras. Constan de dos jarritas de
cristal, más o menos lujosas, conteniendo una de ellas agua y la otra
vino. Van juntas sobre una bandeja o plato. Aunque también pueden ser
de metal dichas jarritas, en tal caso convendrá que por medio de un
letrero bien visible se sepa enseguida cuál es la del vino y cuál la
del agua, para evitar posibles confusiones. Las vinajeras sirven en
estos dos tiempos: el primero, antes del ofertorio del Cáliz para echar
en él una regular cantidad de vino y luego unas gotas de agua; el
segundo, después de la Comunión para purificar el Cáliz con vino y
agua. Conviene que recuerdes, respecto al servicio de las vinajeras,
aquello que dice el Celebrante cuando, la primera vez, a una regular
cantidad de vino mezcla unas gotas de agua que enseguida queden
transformadas en vino, o sea: pedir que, así como las gotas de agua se
cambian en vino, también nuestra pobre naturaleza quede divinizada.
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El
lavabo
Hecho el primer servicio de las vinajeras, el Celebrante, habiendo
ofrecido el Cáliz, se lava las manos. Para ello hay que disponer de un
receptor de agua, de un jarro que la contenga y de una toalla para que
el sacerdote pueda secarse las manos. Puesto que no es menester lavar
las manos enteras, sino tan sólo una punta de los dedos que han de
tocar la Hostia consagrada, espiritualmente te indica que, para asistir
dignamente a la Santa Misa, y sobre todo para comulgar en ella, nos
conviene estar limpios no solamente de pecado mortal, sino también
habernos purificado el alma de los pecados veniales, y bueno sería si
lo hiciésemos asimismo de todas las imperfecciones que nos
reconozcamos.
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La
campanilla
Otro complemento también imprescindible durante la celebración de la
Santa Misa es la campanilla, que con su repique indica a los fieles
algunos momentos culminantes, como son: el Sanctus, después del
Prefacio; el Hanc ígitur,
cuando el celebrante posa sus manos extendidas sobre la Hostia y el Cáliz;
y además, a cada elevación, la genuflexión del comienzo, el punto máximo
de altura y la genuflexión del final.
Procura tú aprovechar cada toque de campanilla para estar atento en la
misa que oyes, y acostúmbrate a conducirte en los tres toques de cada
elevación de esta forma que te aconsejamos: al primer y tercer toques,
procura que tu inclinación de cabeza coincida con la genuflexión del
Celebrante, adorando al Santísimo Sacramento; y al segundo toque de
cada elevación, alza la cabeza y dirige ávidamente tu devota mirada
hacia la Hostia y el Cáliz, los cuales son precisamente elevados para
que puedan contemplarlos todos los fieles.
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EL
INCENSARIO
En las Misas solemnes y en la exposición mayor del Santísimo hay que
hacer uso del incienso, substancia vegetal olorosa que, al contacto con
el fuego, se deshace en blanquísima y perfumada humareda, la cual se
tributa como símbolo de honor y reverencia ante todo a Dios y luego al
Crucifijo del altar, a las sagradas reliquias, al mismo altar, al pan y
vino que han de ser consagrados, a los sagrados ministros y a los fieles
en general. Las brasas de fuego están contenidas en el incensario, que
es un recipiente metálico sostenido por tres cadenas, con tapa
convenientemente perforada y manipulable arriba y abajo mediante una
cuarta cadena. Sujetando con una mano las cadenas reunidas en su extremo
superior, puede balancearse el incensario de un lado para otro a fin de
que el aire atice las brasas de fuego que hay dentro; y cuando hay que
servirse de él, una vez provisto del incienso que al arder sale en
forma de humo, cogiendo convenientemente las cadenas con las dos manos
se le puede dar la dirección que cada momento reclame.
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