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MISA DE LOS CATECÚMENOS  

Oraciones de Preparación Introito Kyrie Gloria in excelsis Deo La primera oración "colecta"
La Epístola Intermedios o salmodias El Evangelio La Homilía El Credo

Oraciones de Preparación.-

          Dice la Sagrada Escritura que “antes de la oración prepárate a fin de no tentar al Señor” (Eccli., XVIII,22) No se debe en ningún caso pasar sin la adecuada transición directamente de una actividad profana a la oración, mucho más aun cuando se trata de la mayor de todas las oraciones, es decir, de la Santa Misa en la cual nos uniremos a la oración misma del propio Jesucristo. Por ello, y antes de comenzarla, el sacerdote y los fieles rezan una serie de oraciones que se denominan “de preparación”. Tal acción se recoge ya en el Siglo V cuando durante la “procesión de entrada” del celebrante en la Iglesia, todos entonaban un primer cántico precisamente como “transición”, como “preparación”, como mejor forma de dejar lo profano que hasta ese momento venían realizando y “prepararse” para la oración.

          Pero antes, y como dice el Apóstol San Pablo “que todo lo que hagan los fieles, sea de palabra o de obra, todo lo hagan en nombre del Señor” y para simbolizar que todo lo que se va a hacer va a ser en Su nombre, nada mejor que comenzar la Santa Misa con la señal de la Cruz. Por eso, tanto el sacerdote como los fieles, una vez que aquél llega al pie del altar lo primero que hacen es santiguarse.

          Inmediatamente después, y siempre al pie del altar, dan comienzo las “oraciones de preparación” propiamente dichas. La primera de ellas es la que reza “Introibo ad altare Dei” recogida del Salmo XLII que posee sin duda la fuerza expresiva necesaria que nos va a permitir, junto con otros salmos como el “Judica me” que rezaremos a continuación, realizar esa “transición” de lo profano a lo sobrenatural; son pues oraciones muy cortas en las que se establece un rápido y breves “diálogo” entre el celebrante y los fieles, pero a la vez sonoras y profundas que nos ayuda a recogernos y ponernos en situación.

          Y es que necesitamos poco a poco darnos cuenta del misterio que vamos a contemplar y en el que vamos a participar, pues si consideramos solamente la pobre condición humana ¿cómo seríamos capaces de atrevernos a participar en él? Estas oraciones, sin embargo, no son tristes, nos sobrecogen pero no nos encogen, pues todas ellas hablan de nuestra confianza en Dios, nuestra sola y única pero poderosísima fuerza.

          Dentro de este bloque de “oraciones de preparación” y tras las iniciales, como se ha dicho rápidas y breves, se incluye un profundo acto de contrición, de reconocimiento de nuestra pequeñez y, sobre todo, de nuestras culpas. No podría dar comienzo la Santa Misa sin que tanto el sacerdote como los fieles tuvieran un acto de sinceridad con Dios y con ellos mismos, y reconocieran que son pecadores. Por eso se reza  --primero el sacerdote y luego los fieles--  el Confiteor, incluido ya en la liturgia desde la Alta Edad Media. Con el Confitero, además, se cumple lo que señala el antiquísimo libro de la Doctrina de los Apóstoles: “Cuando estéis reunidos el día del Señor, haced la fracción del pan y dad gracias, habiendo antes confesado vuestros pecados para que vuestro sacrificio sea puro”.

          “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa” exclamarán todos; pero no bastan las palabras; hay que acompañarlas de los gestos y ninguno mejor que inclinarse profundamente, que doblarse sobre uno mismo y golpearse el pecho. Así, haciéndolo primero el sacerdote solo y después todos los fieles, se consigue, mediante la reiteración de palabras y gestos, un ambiente  mucho más impresionante que si sólo lo hiciera aquél o, incluso, si lo hicieran sólo todos juntos.

           El Confiteor tiene otra particularidad y es que en él no sólo se reconocen los pecados, sino que se pide la intercesión para conseguir su perdón de la Iglesia del Cielo y la de la Tierra, buscando así la Comunión de los Santos. En él, se nombra en primer y destacado lugar a la Santísima Siempre Virgen María, a los Santos, a los presentes en la iglesia y a los que no lo están. Todos los fieles son, por ello, conscientes de la gravedad que supone el pecado y de la necesidad de cuantos más mediadores para conseguir su perdón, mejor.

           Con lo anterior los fieles se dan cuenta de que la Santa Misa no es una ceremonia más, no es una mera celebración de algo que sucedió hace dos mil años, sino que es realmente un drama tremendo que sólo acaba de comenzar y lo ha hecho mediante este Introito por el cual los presentes se han reunido y, cargados de culpa, se encaminan hacia el Calvario presos de la mayor de las desolaciones.

          Pero conscientes también de que existe una segura esperanza, el Introito la recoge y el sacerdote expresa en seguida la absolución deprecativa tomada del Salterio mediante la cual hace partícipes a los fieles de tal esperanza, si bien debe quedar claro que la misma no sustituye en ningún caso a la necesidad y obligación de confesar los pecados en confesión para obtener realmente su perdón.

          Sólo entonces, sólo después de todo lo anterior, el sacerdote se decide a subir al altar, no sin que, temeroso ante la magnitud del acto que va a realizar, rece mientras se acerca a él una maravillosa oración del Siglo V denominada “Aufer a nobis”: “Te suplicamos, Señor, que borres nuestras iniquidades para que merezcamos entrar con pureza de corazón en el santuario” 

          Pero aun no está todo “preparado”. El altar, aunque consagrado, debe ser también “preparado” convenientemente y para ello el sacerdote lo incensará por todos sus lados detalladamente. Este gesto se remonta a los primeros tiempos de la cristiandad, si bien al principio y puesto que el incienso se utilizaba en los ritos paganos no se consideró conveniente, pero poco a poco se fue imponiendo como forma visual más adecuada de expresar, mediante la quema de dicha resina cuyo humo asciende raudo al cielo, la veneración por Cristo, por el pan y el vino que van a ser transubstanciados, por el propio altar del sacrificio y por las palabras de vida contenidas en los Evangelios que se leerán. ^

Introito.- 

           Tras las “oraciones de preparación” viene el denominado “Introito”, palabra latina que significa “Entrada” dando con él comienzo propiamente dicho la Santa Misa y más concretamente lo que durante mucho tiempo se llamó “ante-Misa”. El Introito es distinto para cada día del año, está sacado del Salterio y hace referencia a la fiesta que se celebra. El Introito, corto pero profundo, es por ello el epígrafe de la Santa Misa. Mediante él se anuncia a todos la fiesta del día para que durante la celebración del sacrificio la tengan en cuenta. ^

Kyrie.- 

           Es el primer y muy sentido cántico de la Santa Misa. El Kyrie es, en realidad, una letanía formada por nueve invocaciones de súplica de la misericordia divina que se conservan desde el S. IX y se recitan en griego. Responden a la costumbre que se poseía desde los primeros tiempos del cristianismo cuando al comenzar la Santa Misa el diácono realizaba una serie de peticiones en voz alta a favor de los catecúmenos para que Dios les iluminara y ayudara en su formación cristiana, respondiendo a cada una de ellas los fieles con un sonoro ¡Kyrie  eleison!   --“Señor, ten piedad”--  que hoy conservamos. Así, aquel grito de súplica, hoy que no existen como tales los catecúmenos, ha pasado directamente a ser una más de las invocaciones que se realizan al comienzo de la Santa Misa para pedir para nuestros pecados la tan necesaria misericordia divina.

            Pero no sólo eso, pues durante los Kyrie debemos también pedir a Dios no sólo perón por los pecados cometidos, sino que nos libre realmente del pecado en sí, de la asechanza del Diablo, de la muerte repentina e imprevista, de los males del mundo  --enfermedad, guerra, etc., etc.--, que tenga piedad de su Iglesia y la gobierne y conserve en la Fe, así como al sumo Pontífice, etc., etc. 

            De esta forma, mediante tres repeticiones iniciales que se dirigen a Dios Padre, las tres siguientes a Jesucristo y las tres últimas a Dios Espíritu Santo, los fieles ruegan a Dios uno, pero también trino, les otorgue la tan imprescindible misericordia divina. ^

Gloria in excelsis Deo.-

             Inmediatamente después de la profunda petición de misericordia, los fieles, con el celebrante a la cabeza, levantan sus corazones y, seguros y confiados de poder obtenerla en grado infinito, entonan una de las oraciones reconocidas por todos como más hermosas, llena de una belleza excelsa; es el Gloria in excelsis Deo, lo que se hará siempre excepto en tiempo de Adviento y de Cuaresma.

            El Gloria se llama también comúnmente "Himno angélico", porque lo empezaron a entonar los Ángeles en la noche de Navidad, y es una muy detallada doxología o elogio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo a quienes se alaba, se da gracias, se pide perdón, y se dirigen súplicas, conteniendo así los cuatro fines de la Santa Misa. Es, además, uno de los cánticos más antiguos de la Iglesia. 

            Su situación dentro de la estructura de la liturgia es, también, perfecta pues, como se ha dicho, después de la petición de misericordia del Kyrie nada mejor que dar gracias a Dios, entre otras muchas cosas, por haberla concedido. Con él, además, se cumple y pone de manifiesto uno de los objetivos principales de la Santa Misa que es la glorificación de Dios pues la propia Santa Misa es, en sí, don inapreciable que Dios nos regala, al tiempo que ofrenda que le presentamos.

            A lo largo del Gloria, se glorifica al Padre y se le adora, se le da gracias no por su favores, sino por lo que es, se le reconoce como Dios y se le dan gracias también por dejarnos saber que existe, que es nuestro verdadero Padre, que nos ama tan inmensamente que por nosotros no perdonó a su único y propio Hijo, Jesucristo, a Quien también se alaba en el mismo Gloria insistiendo en su función redentora, resumiendo en pocas pero maravillosas palabras su misión, para terminar uniendo las alabanzas a Dios Padre y Dios Hijo con la tercera persona de la Santísima Trinidad, Dios Espíritu Santo, en un himno de gratitud extrema y belleza inenarrable. ^

La primera oración “colecta”.-

              Tras el Gloria, en parte para serenar los ánimos tras el paroxismo de tan magnífico himno, pero sobre todo para llamar la atención de los fieles sobre lo que sigue, el sacerdote se dirige a ellos con el deseo que expresaba Booz en el libro de Ruth: “Dominus vobiscum”  --“El Señor esté con vosotros”--,  a lo que los fieles responden: “Et cum spíritu tuo”  --“Y con tu espíritu”--,  tras lo cual el sacerdote exclama “Oremus” invitando a los fieles a rezar con él la llamada “oración colecta” llamada así porque en ella están resumidos, como coleccionados, las aspiraciones, necesidades y deseos de la toda la Iglesia y de todos los fieles presentes en la Santa Misa, sirviendo tal oración también a modo de  llamada de atención para lo que va a seguir. ^

La Epístola.-

                Las lecturas o “lecciones” constituyen una de las partes principales y más antiguas de la Santa Misa y más en concreto de la “ante-Misa”, ya que mediante ellas se perseguía alcanzar el fundamental objetivo de instruir a los fieles en la doctrina de Jesucristo y, por lo tanto, en los deberes que debían asumir como cristianos. Estas “lecciones” han sido prácticamente siempre dos: la Epístola y el Evangelio, manteniendo así vivos tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, pues ha sido siempre preocupación de la Iglesia, desde sus primeros tiempos, no olvidar el Antiguo Testamento a pesar de su superación por el Nuevo.

                Así, cada día para la Epístola se elige y lee un texto del Antiguo Testamento recorriendo las partes más significativas de los libros que lo componen, siguiendo el criterio para su selección de “lectio continua” para los días de ordinario, eligiendo para los de fiesta lecturas de tales libros que hagan especial referencia a ellas. ^

Intermedios o salmodias.-

                 Entre la lectura de la Epístola y el Evangelio, se sitúan una serie de cortísimos cantos y oraciones cuyo objetivo fundamental es facilitar a los fieles el descanso de su atención, mateniéndoles al tiempo sumidos en una atmósfera de oración. Estos cantos intermedios son el Gradual, Tracto, Aleluya y Secuencia, todos ellos extraídos del Salterio y distintos para cada día, guardando relación con las lecturas del mismo.

                 El primitivo Gradual era un salmo entero. Lo cantaba todo él el diácono, quien, por lo mismo, necesitaba ser un buen cantor. San Gregorio ordenó que lo hiciera un cantor de oficio. Éste se subía para cantarlo a las gradas  --de ahí su nombre--  del púlpito o "ambón". Lo entonaba él, seguía el Coro, cantaba él solo, y terminaban todos. Es lo que se llamaba un Responsorio. Hoy consta de una antífona y de un versículo.

                 El Tracto era un salmo que cantaba de un tirón (de ahí el nombre) un solo cantor desde el ambón sin interpolaciones de versículos ni antífonas. Reemplaza al Aleluya durante el tiempo de Septuagésima y de Cuaresma. Es un género de salmodia muy típico de la antigüedad y ha sido amoldado a una melodía muy característica. Hoy consta tan sólo de algunos versículos.

                 Aleluya es una palabra hebrea que significa "alabad a Dios". Es voz celestial y de suma alegría y propia, sobre todo, del Tiempo Pascual en que se cuadruplica. El Aleluya va adornado con neumas musicales, a veces casi interminables pero siempre de melodía deliciosa.

                La Secuencia son los interminables "Júbilus" o neumas de la vocalización del Aleluya que tan del agrado eran de los cristianos porque les recordaban la alegría interminable del Cielo, donde no serán necesarias las palabras para alabar a Dios ni para entenderse unos con otros; esta composición, medio prosa, medio verso, tomó el nombre de Secuencia por llamarse así también los "júbilus" y por ser ella como una continuación o prolongación del eco melódico del Aleluya. ^

El Evangelio.-

               Con su lectura y posterior explicación en la Homilía se llega a la parte más importante de la “ante-Misa” o Misa de los Catecúmenos. 

               Cabe destacar que el rito tradicional conserva, como no podía ser de otra manera, el imponente ceremonial que desde casi los primeros tiempos rodeó al acto de dar lectura a la palabra de Nuestro Señor Jesucristo, de aquí el maravilloso ritual de gestos de adoración, incensamiento, etc., que se realizan inmediatamente antes y después de esta “lectio”. Asimismo, siempre se ha escuchado de pie por los fieles   --en la Edad Media incluso los caballeros que portaban armas desenvainaban sus espadas como muestra de respeto y acatamiento--  y también siempre precedió a su lectura el acto de persignarse de forma que tanto mentes como bocas y corazones se dispongan de manera plena y especial a recibir la palabra de Dios, palabras de camino, verdad y vida que deben  --y es lo que también pedimos al santiguarnos--  iluminar nuestra inteligencia, inspirar nuestras palabras y, por encima de todo, penetrar y transformar nuestros corazones.

               Al igual que hemos señalado al tratar de la Epístola, el criterio de selección de las lecturas para el Evangelio es el de “lectio continua” para los días de ordinario y especial para la fiestas.

               Conviene, eso sí, aquí, hacer una recomendación final: el Evangelio debe leerse lentamente, con parsimonia, y escucharse con una atención especialísima pues como decía Orígenes: “No perdamos una sola palabra del Santo Evangelio, pues si cuando participáis de la Eucaristía cuidáis, con razón, de que no caiga la menor de sus partículas ¿por qué habíais de creer que sería un mal el descuidar una sola palabra de Jesucristo?” o como explica San Agustín: “Escuchemos el Evangelio como si el Señor estuviera ante nosotros”.  ^

La Homilía.-

                El vocablo “homilía”, palabra griega, significa “charla sobre lo leído”, y es que tanto la Epístola como el Evangelio, como “lectio” que son ambas, deben ser comentadas y explicadas a fin de que los fieles puedan extraer de ellas las enseñanzas que les van a ser esenciales para acompasar sus vidas a las de Jesucristo.

                Pero antes de que el sacerdote se disponga a “explicarnos” la palabra de Dios, debe disponerse de manera adecuada y ser consciente, por un lado, de la inmensa responsabilidad que asume ante el mismo Dios al atreverse él, ser mortal imperfecto, a explicar lo que Dios nos quiere decir y, por otro, de la imposibilidad de realizar tamaña misión correctamente sin la ayuda esencial del propio Dios. Por ello, el celebrante reza antes de comenzar a hablar una corta pero grave oración que conviene recordar: “Purifica, Señor, mi corazón y mis labios, a fin de que anuncie digna y convenientemente Tu santo Evangelio”.  ^

El Credo.-

                Su inserción en la Santa Misa fue llevada a cabo por los cristianos orientales que empezaron a cantarlo en la liturgia allá por el siglo V. En el siglo VI lo introdujo en España el concilio de Toledo (a. 589), pero no se decía en este momento, sino a la Elevación, en que el celebrante, teniendo la Sagrada Forma en sus manos, lo entonaba y lo proseguía el clero y el pueblo. En Francia entró en el siglo VII, y en el IX en Alemania. En Roma lo introdujo Benedicto VIII, en el siglo XI, por indicación de San Enrique Emperador; no habiéndolo usado antes por no haber tenido la Iglesia romana hasta entonces ninguna herejía que combatir, y es que el rezo del Credo se debió precisamente a que cuando se comienza a rezar en la Iglesia oriental, antes del doloroso e incomprensible cisma, en ella habían florecido ya algunas herejías de forma que con su rezo, como oración de afirmación de Fe por excelencia que es, se pretendió eliminar la posibilidad de que algún seguidor de ellas se deslizara en la celebración de la Santa Misa, por lo que la recitación de la esta “regula fidei” se hizo pieza necesaria y fundamental de la liturgia. 

                 Hoy el sentido es sensiblemente distinto pero no menos importante. Con el Credo del Concilio de Nicea que se reza  --completado después en alguna de sus partes por el Concilio de Constantinopla--, posiblemente el más completo y concreto, se hace una viva, profunda y a la vez emocionante profesión de Fe, enunciando con rotundidad, sin titubeos y de manera tajante, sin lugar a dudas, los pilares sobre los que se asienta, precisamente, toda nuestra Fe, dando gracias a Dios por preservarnos del error, es decir, de la tan temida herejía pues, de caer en ella, sabemos que nos apartaría de Él y nos impediría ipso facto alcanzar la tan ansiada salvación. 

                Antiguamente con el final del Credo terminaba la Misa de los Catecúmenos, pues a partir de aquí los aun no bautizados no podían continuar participando en estos sagrados misterios que se reservaban para los fieles, por lo que eran amablemente invitados a salir de la Iglesia. ^


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