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MISA DE LOS FIELES

Breve introducción Ofertorio Prefacio Trisagio o Sanctus CANON Comunión Bendición final y despedida

Breve introducción:

Con la parte de la Santa Misa llamada “Misa de lo Fieles” comienza propiamente dicha la misma, siendo en ella en donde se llevará a cabo el momento más importante que es el acto sacrificial, pues no nos cansaremos de decir que la Santa Misa es, ante todo y sobre todo, un sacrificio, y “sacrificio”, que viene del latín “sacrum facere”, es la realización de un acto sagrado o el acto de consagrar algo a Dios. Pero en este caso Dios no nos pide que le sacrifiquemos “algo”, es decir, algo material como se hacía en la antigüedad con los animales, sino que nos pide que los sacrificios que le ofrezcamos sean de alabanza y de cumplimiento de sus mandatos. 

El problema surge cuando el hombre, consciente de sus pecados, se da cuenta de que los sacrificios que puede ofrecer por sí mismo son todos imperfectos en grado sumo. Sin embargo, es el mismo Dios, que nos ama infinitamente y que es también bondad infinita, quien, conocedor de ello, acude en nuestra ayuda mediante Nuestro Señor Jesucristo, segunda persona de la Santísima Trinidad, poniendo remedio a tan dramática situación y habilita la forma perfectísima para que, a pesar de nuestro penoso estado, podamos ofrecerle un sacrificio que le sea plenamente grato. Tal sacrificio, el único posible, es la Santa Misa, en la que el propio Jesucristo se ofrece como víctima propiciatoria a Dios Padre en un sacrificio real sólo que incruento  --al contrario que ocurrió en el Calvario--  y se inmola por nosotros procurando nuestro perdón y salvación. 

Asistamos pues a la Santa Misa conscientes de que lo que en ella se va a realizar es un acto, un hecho real, de alcance y características sublimes y de inapreciable valor para nosotros pues por la oblación del propio Jesucristo, a la vez sacerdote y víctima, se hace a Dios el único sacrificio capaz de obtener de Él la redención del mundo. El hecho de que tal acción se lleve a cabo mediante un rito que nos puede parecer sencillo y casi “humano” no debe engañarnos, pues quiso Nuestro Señor que así fuera dado que de poder ver lo que en el altar se realiza no seríamos capaces de soportarlo, tal es su grandeza e inconmensurabilidad; además de que por nuestra condición de pecadores nos es imposible contemplarlo, algo para lo que precisaríamos de la “visión beatífica” que sólo alcanzaremos si tenemos  --porque nos lo ganemos--  la dicha de ir al Cielo. Una muestra más de la omnipotencia de Dios y de la infinita bondad y caridad de Nuestro Señor Jesucristo es que gracias a Él, único capaz de hacernos posible lo para nosotros imposible, además, nos hace fácil lo que resulta difícil y así ese inmenso sacrificio se nos muestra factible y llevadero mediante la Santa Misa. 

No está de más pues recordar aquí, antes de adentrarnos en ese profundo misterio que es la Santa Misa en sí, lo que sobre ella dejó sentado el Concilio de Trento: 

“Jesús, Dios y Salvador nuestro, aun cuando hubiera de ofrecerse Él mismo por una sola vez a Dios, su Padre, so­bre el altar de la Cruz, padeciendo muerte a fin de lograr nuestra redención eterna, no quiso, sin embargo, que su muerte extinguiese su sacerdocio. Y así en su Última Cena, la misma noche en que fue entregado, legó a la Iglesia, su esposa amadísima, un sacrificio visible y adecuado a las exigencias de nuestra naturaleza.

Este sacrificio visible debería: primero, repre­sentar el sacrificio sangriento que Jesús iba a rea­lizar por una sola vez en la cruz; segundo, conservar el recuerdo de éste hasta el fin de los tiempos, y tercero, aplicar su virtud saludable a la remisión de los pecados que los hombres co­meten todos los días. 

Jesús ofreció Él mismo su Cuerpo y su Sangre a Dios, su Padre, bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de estos mismos elementos los dio como alimento a sus apóstoles. Y al mismo tiempo los constituyó en sacerdotes de la nueva alianza y les ordenó que tanto ellos como sus su­cesores en el sacerdocio ofreciesen su Cuerpo y su Sangre. 

En este sacrificio divino que se realiza en la Santa Misa se con­tiene e inmola de un modo no sangriento el mismo Cristo que se ofreció a Sí mismo de un modo san­griento, y por una sola vez, en el altar de la cruz. En uno y otro sacrificio se ofrece una sola y mis­ma víctima, y Quien la ofrece hoy por ministerio de los sacerdotes (humanos) es el mismo Sacerdote que antaño se ofreció en la cruz: la diferencia no reside más que en la manera de ofrecerse. Por consiguiente, el Sacrificio de la Santa Misa nos permite cosechar en toda su abundancia los frutos del Sacrificio de la Cruz”. ^

Ofertorio (Preparación del sacrificio).-

 Con él comienza la Misa de los Fieles, es decir, la Santa Misa propiamente dicha; aun más, entramos en la parte centrada exclusivamente en el Sacrificio por excelencia. 

El Ofertorio es el rito preparatorio de la Consagración. Se compone de la “Antífona ofertorial”, que es el rezo de un versículo de un salmo, que antaño se cantaba durante la ofrenda, y la “Secreta”, que en realidad se denomina “oratio super oblata”, es decir, “oración sobre las ofrendas”, extraída esta última palabra del verbo latino “secernere” que significa “dejar aparte” no teniendo nada que ver con el significado actual del vocablo “secreto”

Actualmente el Ofertorio está compuesto por siete oraciones: 

  • La presentación del pan.
  • La preparación del cáliz, dentro de la cual se encuentra sin duda la más bella de las siete que comienza así: “Oh, Dios, que maravillosamente creaste la dignidad de la naturaleza humana y más maravillosamente aun la habéis reformado por el misterio que representa la mezcla de esta agua y este pan.....”
  • La presentación del cáliz.
  • La presentación de los donantes.
  • La última súplica, mediante la cual se apela de nuevo al poder de Dios reconociendo que sólo Él puede, si así lo quiere, hacer gratas nuestras acciones.
  • La oración durante el lavatorio de las manos, mediante la cual el sacerdote, y con él todos los fieles, purifican sus manos y rememoran el gesto de Poncio Pilato que con él quiso quedar excluido de toda responsabilidad por la sangre de Nuestro Señor Jesucristo que iba a derramarse.
  • La invocación final, por la que se repasan y mencionan los tres grandes misterios de nuestra salvación y además se apela a la interseción de los Santos, y con la que se da por terminado el Ofertorio.

A continuación, y después de que el sacerdote llame la atención de los fieles diciendo en voz alta “Orate frates”, reza en voz baja la “Secreta” por la cual se ruega a Dios que se digne no desdeñar la pequeñez tanto de los modestos bienes terrenales como de nuestros pobres esfuerzos que le ofrecemos, y que los santifique y nos conceda a cambio sus dones espirituales. La “Secreta” varía según el día o la fiesta que se celebre. ^

Prefacio (Ofrenda del sacrificio).- 

Durante esta parte la liturgia, y con ella el sacerdote de una manera muy especial, va a seguir fiel y exactamente todos y cada uno de los gestos de Nuestro Señor durante su última cena, así como sus palabras. Mediante ello, se va a realizar el hecho inconmensurable de la transustanciación  del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Por ello, Jesucristo estará presente real y sustancialmente en el altar en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en las Sagradas Formas. Así pues, asistamos a este milagro infinito, eterno y portentoso conscientes del don que recibimos con él, y hagámoslo con el recogimiento, la veneración y el temor debidos, pero también con la esperanza y la confianza de sabernos privilegiados al poder estar realmente delante de Dios.

Antes de su rezo y como preparación a él, el sacerdote y los fieles entablan un rápido diálogo que no ha variado desde el S. III, mediante el cual todos levantan sus corazones, disponen el ánimo y muestran su gozo y confianza al saber y reconocer que Dios, Creador y Señor de todos, les está mirando. 

En seguida, el sacerdote entona el Prefacio que, aunque separado del Canon que vendrá a continuación, es en realidad su prólogo o preludio, formando parte de él y teniendo por lo tanto igual valor. El hecho de que se rece separado se debe únicamente a que varia durante el año y dependiendo de algunas fiesta, mientras que el Canon en sí permanece siempre invariable. 

El Prefacio comienza y acaba de la misma forma, variando sólo el contenido intermedio según el día. Es un bello y excelso canto de alabanza a Dios y de acción de gracias a Nuestro Señor Jesucristo por su mediación. Además, hay que observar en él una precisión teológica admirable y digna de encomio. Cada Prefacio tiene, asimismo, la tonalidad conveniente a la fiesta que evoca, terminando todos ellos pidiendo aunar el canto de todas la criaturas celestiales en un solo coro, en una sola voz, para entonar todos juntos, ángeles y hombres, un mismo canto. ^

Trisagio o Sanctus.- 

Tal canto, emocionante y vibrante, es el Trisagio o Sanctus, con el que los fieles rememoran y recogen de forma fidedigna la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén  las vísperas de su pasión y muerte. 

Al igual que en aquel acontecimiento, los fieles se llenan de gozo y saludan alborozados a Aquél que viene en nombre del Señor, reconociéndole como Señor de los ejércitos celestiales y de las milicias angelicales. Como entonces los judíos, ahora los fieles entonan el Hosanna que aquellos vocearon por las calles de la ciudad santa arremolinados en torno a Jesús. Con el Sanctus la Santa Misa se convierte en una algarabía de alegría y esperanza que saluda a Cristo Rey y Señor. 

Pero todo ello no impide al buen observador, al fiel atento y devoto darse cuenta de que en el fondo del Sanctus se percibe un cierto alo de tristeza, un ligero sentimiento de pesar pues sabemos ya que los mismos que así le recibieron de forma tan exaltada, con palmas en las manos, eran los mismos que le iban a crucificar apenas unas horas después. Por eso, conforme el Sanctus va agotándose, los fieles sienten la congoja y la vergüenza de ver a Nuestro Señor triste a pesar de su triunfo, al contemplar el destino de su pueblo  --y de estos fieles--  que en breve renegarán de Él. Jesús lloró durante su paseo triunfal por las calles de Jerusalén sabiendo que en realidad la tragedia daba comienzo, precisamente, con semejante alborozo. 

Es por ello que la última palabra del Trisagio, del Sanctus, parece siempre quedar como colganda del aire, seca e incluso abrupta pues tras ella se hace un silencio absoluto y todos caen de rodillas conscientes de lo que va a seguir; de repente el “griterío” cesa y la iglesia se hunde en una atmósfera de recogimiento mediante el cual los fieles saben ya que el Canon va a comenzar y en él se va a producir el milagro infinito y sublime de la transustanciación, de la conversión real del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor. ^

CANON.- 

La palabra Canon es de origen griego y significa “regla o norma”. El Canon posee las siguientes partes: 

1.- Te ígitur..., que contiene la ofrenda de acción de gracias empezada en el Prefacio.

2.-  Memento de los vivos.

3.- El Communicantes, que podría llamarse también el "memento de los Santos".

4.-  Hanc igitur, pidiendo a Dios que acepte la oblación.

5.-  Quam oblationem..., pidiendo la gracia de la transubstanciación y que enlaza la ofrenda con el rito sagrado.

6.-  Consagración o qui prídie....

7.-  Elevación, del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

8.-  La Anamnesis, es decir, el recuerdo del sacrificio redentor de Jesucristo.

9-   Memento de los difuntos, con los párrafos Suprae quae y Supplices.

10.- Doxologia final. 

Todo ello dicho y rezado en un silencio absoluto que sobrecoge, de manera que si alguien entrara en ese instante en la iglesia quedaría anonadado el verla llena creyéndola vacía. 

Te igitur:

Es la oración que abre el Canon. Al empezarla, el celebrante levanta las ojos al cielo, dirigiéndolos hacia el Crucifijo, se inclina profundamente, besa el altar y bendice tres veces el Cáliz y la Sagrada Forma; significando con todos estos gestos el profundo respeto y devoción que inspira esta nueva fase de la Santa Misa. Con el Te igitur el sacerdote, antes de que Nuestro Señor se haga presente en el altar, reúne a toda la Iglesia que así y de manera efectiva, aun no estando presentes más que los fieles allí reunidos, participa de la celebración de ésta y todas las Santas Misas que se celebran en el mundo en todo instante realizándose por ello un sacrificio continuo hasta el fin de los tiempos, milagro sólo posible por la Víctima que se ofrece por esa misma Iglesia que es a su vez Su cuerpo místico sobre la Tierra.

Memento de los vivos:

El celebrante enmudece y se recoge un momento para recapacitar y nombrar mentalmente, en primer lugar, a la persona o personas que han encargado la Santa Misa, y después a otras de su particular devoción. A estos nombres privilegiados sigue la mención global de todos los asistentes y de aquellos por quienes tanto el sacerdote como los asistentes ofrecen a Dios este Sacrificio. Con el Memento de los Vivos se piden y obtienen de una forma concreta los beneficios y frutos de la Santa Misa para los que asisten a ella, así como para aquellos de quienes se acuerdan los fieles.

Communicantes:

Podría denominarse "memento de los Santos" pues mediante él se recuerda muy especialmente a la Santísima Siempre Virgen María en primer y destacadísimo lugar y a todos los Santos, requieriendo por sus méritos y virtudes su intercesión celestial, además de honrar su memoria.

Hanc igitur:

Mediante la cual se pide a Dios que acepte la oblación que se le ofrece, sobre la cual el sacerdote extiende las manos volcando así sobre ella, sobre la que en breve será Cuerpo y Sangre de Jesucristo los pecados del mundo.

Quam oblationem:

Pidiendo a Dios conceda la gracia de la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, necesidad vital para la Santa Misa y los asistentes a ellas, así como para toda la Iglesia y el mundo.

La Consagración:

La Consagración es el punto fundamental, el momento álgido de la Santa Misa. Nunca ha pensado la Iglesia, a través de todos los tiempos, que la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo podía producirse de otra forma que mediante las palabras que Él mismo utilizó en su última cena cuando, precisamente, instituyó la Eucaristía. La doctrina de la Iglesia nos descubre toda la santidad que encierra el acto capital de la Santa Misa. El sacerdote, ministro humano, ha recibido por su ordenación sacerdotal la potestad de pronunciar con eficacia tales palabras que son en realidad la más grande y prodigiosa oración que pueda existir; pero en realidad él no es más que un mero y pobre instrumento de Jesucristo. El sacerdote, cuando habla, lo hace por orden Suya, y cuando obra lo hace en Su nombre, es decir, in persona Christi, según afirma Santo Tomás. El sacerdote se despoja de su personalidad para revestirse de la persona de Cristo. Es, por tanto, el mismo Jesucristo quien realiza la Consagración en todas y cada una de las Santas Misas que se celebran en el mundo. Todo lo anterior queda subrayado también cuando el sacerdote dice, rompiendo bruscamente la forma en la que hasta ese momento venía hablando, “...porque Él mismo, la víspera de su Pasión, tomó el pan....”, es decir, ya no es el sacerdote ni son los fieles los que recomendamos a Dios nuestras oraciones o Le suplicamos que acepte nuestras peticiones, sino que el sujeto ahora es el propio Jesucristo.

Las palabras que el Canon del texto romano pone en boca de Nuestro Señor, así como la breve pero eficaz descripción de lo ocurrido en aquella última cena, es una refundición sintetizada de lo que relatan los cuatro evangelistas. Este texto ha sido siempre el mismo desde los primeros tiempos de la cristiandad y nunca se ha alterado en ninguno de sus términos. La Consagración, como se sabe, es doble: primero la del pan y luego la del vino.

“Hoc est enim Corpus meum”, que significa exactamente: “Éste es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros”.

“Hic est enim Cáliz Sánguinis mei, novi et aetérni testemanénti; mystérium fidei: qui pro vobis et pro multis effundétur in remissiónem peccatórum”, que significa exactamente: “Éste es el cáliz de mi Sangre, sangre del nuevo y eterno Testamento  --misterio de Fe--  que será derramada por vosotros y por muchos para la remisión de los pecados”

Poco hay que explicar a estas alturas de tales palabras. Conviene, eso sí, y recomendamos a todos por ser fundamental para seguir preservándolas intactas, ajustarse a ellas escrupulosamente y estar alerta, rechazando siempre cualquier intento, venga de donde venga, de variarlas. Sólo dos anotaciones: una, que las palabras en la segunda Consagración “por vosotros y por muchos” son exactas, es decir, no dijo “...y por todos...”, sino “por muchos” y ello no quiere decir que Nuestro Señor no se ofreciera y ofrezca por la Humanidad entera, sino que por desgracia sólo unos cuantos, muchos, pero no todos, sabrán y estarán dispuestos a beneficiarse de Su sacrificio; y dos, que la frase “--misterio de Fe--“  es un añadido que procede del S.VIII cuando al no leerse ya en alta voz el Canon, los fieles no lo oían ni veían los gestos del celebrante y el toque de la campanilla aun no se había implantado, por todo lo cual se corría el riesgo de que momento tan excelso y fundamental pudiera pasar desapercibido, por lo que para evitarlo el diácono, mientras el sacerdote consagraba, anunciaba en voz alta ¡Mysterium fidei!, advertencia que se ha mantenido intacta desde entonces. 

Es también de destacar, y viene muy a cuento de lo que ocurre en la actualidad, que las últimas palabras de Nuestro Señor fueron “Cuantas veces hagáis esto, hacedlo en memoria mía”, es decir y que quede muy claro: ¿quién puede pretender falsear las palabras, el evidente pensamiento y, sobre todo, el clarísimo mandamiento de Nuestro Señor y suponer, y más aun defender y extender la errónea suposición o propuesta de que lo único que nos “recomendó” fue reunirnos en una mera y vulgar “cena o comida de conmemoración”? Por la Consagración de forma inmediata Jesús es nuestro tal y como es en el Cielo, real y substancialmente, y hace sobre el altar lo que hizo en la Cruz sólo que de manera incruenta. En nuestro nombre y con nosotros Jesús adora y da gracias al Padre. La ofrenda que Le hace, perfectísima por ser Él quien es, envuelve nuestro arrepentimiento y nos merece la Misericordia divina. Jesucristo mismo se compadece una vez más de nuestros pecados, hace Suyas nuestras necesidades y deseos, los purifica y los eleva al Padre como cosa propia, suplicando y obteniendo así las gracias que nos son tan necesarias. En justa y vital correspondencia, debemos nosotros ofrecernos también con Él a Dios. 

La elevación:

Después de cada una de las dos consagraciones, el celebrante hace una genuflexión, muestra los fieles la Sagrada Forma y el Cáliz, separadamente, elevándolos por encima de su cabeza, y vuelve a repetir la genuflexión. Entretanto, un acólito tañe la campanilla, el turiferario inciensa el Cáliz y la Sagrada Forma y los fieles, de rodillas, los adoran y miran con fe viva. En cuanto a la elevación tanto del Cuerpo como de la Sangre de Nuestro Señor, pues ya lo son al hacerse una vez consagrados el pan y el vino, tal costumbre se remonta de manera efectiva a finales del S. XII y obedece a la necesidad que ya se sintió por entonces de que los fieles pudieran ver y sobre todo adorar dichos Cuerpo y Sangre en el mismo instante en que han sido transubstanciados lo que hoy como antaño debe servirnos para avivar nuestra fe en la Presencia divina, realizando en nuestro interior un acto de fe profundo y sincero diciendo para nuestros adentros aquellas maravillosas palabras que Santo Tomás dijera cuando metió sus dedos en las llagas de Nuestro Señor: “Señor mío, Dios mío, Padre mío”; el motivo para todo ello nos lo da San Agustín: “Nadie coma la carne de Jesucristo sin haberla adorado antes”.

La Anamnesis:

Entre la Consagración y el Memento se encuentran en el Canon tres oraciones sublimes, aunque muy breves, independientes entre sí, pero bajo una conclusión común. Estas oraciones son, lo mismo que las que preceden a la Consagración, oraciones de presentación, pero presentación no ya como aquéllas de la ofrenda material del pan y del vino, sino del Cuerpo y Sangre del Señor. Hacen resaltar con toda claridad el acto sacerdotal de Jesucristo ofreciéndose a Dios por nosotros y apropiándonos su sacrificio. Dichas tres oraciones son: "Unde et mémores", "Supra quae" y "Súpplices te rogamus".

Memento de los difuntos:

Así como antes de la Consagración se hizo memoria de los "vivos" y llamó en su socorro a los Santos del Cielo en el Communicantes, del mismo modo se hace ahora una conmemoración especial de los "difuntos", interponiendo, en el Nobis quoque, una nueva intercesión de los Santos en favor de los pecadores. Así, de forma sublime y haciendo gala de una sensibilidad especial, se pide por aquellos  --a los que la Iglesia tiene siempre presentes--  que “...nos precedieron con la señal de la fe y duermen el sueño de la paz...” evitando pronunciar la palabra “muerte” ya que para quien cree en Jesucristo y por ello en su resurrección los difuntos viven y sus cuerpos sólo descansan temporalmente a la espera de su resurrección final.

Doxología final:

El Canon propiamente dicho termina con una solemne "Doxología", durante la cual el celebrante bendice cinco veces el Cáliz con la Sagrada Forma, elevando ambos unos centímetros sobre los corporales. La ofrenda de la Víctima y el Canon terminan por ello con un párrafo maravilloso que resume de forma perfecta la Santa Misa: 

  • Per ipsum.- Es decir, “por Él”, por Jesucristo, nuestro único mediador pues “Nadie va al Padre sino por Mí”.
  • Cum ipso.- Es decir, “con Él”, con Jesucristo, pues “Sin Mí nada podéis”.
  • In ipso.- Es decir, “en Él”, en Jesucristo, pues sólo “El que coma mi Carne y beba mi Sangre tendrá vida eterna”.

Con el termino del Canon de la Santa Misa debemos tomar conciencia de la tremenda importancia que tiene para nosotros la misma, tanto para nuestro presente como para nuestro futuro. En los primeros tiempos del cristianismo la Santa Misa se denominaba Dominicum; cuando fue detenido junto con otros en Cartago en el 304 d.C., Saturnino y fue preguntado que por qué vulneraban la prohibición de reunirse y celebrar sus ritos, el pronto mártir contestó: “No podemos vivir sin el Dominicum”. Nosotros, en estos tiempos caracterizados por un paganismo creciente deberíamos darnos ya cuenta de que no podemos vivir como católicos sin nuestra Santa Misa. ^  

Comunión.-

Esta parte de la "Misa de los Fieles" comprende desde el "Paternoster" inclusive, hasta el fin de la Santa Misa y en ella se cumple ejecutan los gestos de Nuestro Señor: "Lo partió (la fracción del pan), y lo dió a sus discípulos (la Comunión), y se cumple su mandat: "Tomad y comed de todos de él". Con la "Inmolación de la Víctima" ha quedado realizado el Sacrificio eucarístico, y ahora, con la "Participación"  --Comunión-- de la misma, se efectuará el Sacramento; pues no ha de olvidarse que la Santa Misa es a la vez Sacrificio y Sacramento.

Paternoster.-

La oración cuyo texto recibieron los apóstoles directamente de Nuestro Señor y que se convirtió inmediatamente en la “oración del cristiano”, repetida desde muy pronto por los ellos tres veces al día, figura desde siempre en la liturgia de la Santa Misa. En el rito tradicional es sólo el sacerdote quien canta o reza el Padrenuestro confiriéndole una gravedad y solemnidad especial y dándole al tiempo un carácter de oración sacrificial. Lo hace con los ojos fijos en el Sacramento y con los brazos extendidos en cruz como si fuera Nuestro Señor quien lo entonara al Padre. Por ello, el Padrenuestro es efectivamente una prolongación del Canon ¿podemos encontrar un texto más rico, completo y perfecto para prepararnos a recibir la Comunión que aquel que nos enseñó el mismísimo Jesucristo? Sólo al final del mismo los fieles se unen al sacerdote para exclamar con rotundidad “Sed libera nos a malo” poniendo de manifiesto nuestro deseo sincero de que Jesucristo nos libre de cualquier mal moral o material, pero sobre todo  --y este es el sentido exacto de tal exclamación--  del Maligno, del Diablo, fuente de todo mal moral y material. Los fieles quedan así ya preparados para el tan deseado momento de recibir la Sagrada Comunión.

La fracción de la Sagrada Forma.-

Terminado el Padrenuestro el sacerdote procede al rito de la fracción de la Sagrada Forma partiéndola en tres trozos desiguales rememorando el gesto de Jesucristo en su última cena cuando partió también el pan, trasformado ya en su Cuerpo, y lo distribuyó entre los apóstoles. Acto que se ha venido reproduciendo desde los primeros tiempos del cristianismo. Mediante él, se lleva a cabo, asimismo, una nueva profesión de fe pues realizado antes de la distribución de la Sagrada Comunión nos da a entender  --y los fieles creen profundamente--  que Jesucristo está presente real y substancialmente en todos y cada uno de los trozos de la Sagrada Forma por pequeño que sea. No en balde por ello San Agustín llamaba a la Eucaristía “signum unitatis”, es decir, “el signo de la unidad”.

Agnus Dei.- 

El canto del Agnus Dei aparece al concluir el S.VII; en cuanto a las tres oraciones dirigidas “al Señor Jesucristo”, datan de la baja Edad Media, siendo acogidas por Roma en el S.XIV constituyendo una perfecta preparación para la Comunión de la cual deben aprovecharse todos los que vayan a recibirla, siendo también una buena oportunidad de recogimiento y preparación a la Comunión “espiritual” para aquellos que por no estar en gracia de Dios no podrán disfrutar del inapreciable bien que supone el comulgar efectivamente. 

La imagen del cordero estuvo desde siempre ligada a la de Nuestro Señor Jesucristo, por ello nada mejor que rogarle a Él, al Cordero de Dios, su misericordia instantes antes de que los fieles se acerquen a comer su Cuerpo y su Sangre precisamente las de ese Cordero degollado ya por ellos y por sus pecados como por los de todo el mundo. La tercera de las invocaciones al Cordero de Dios, por la que en vez de su misericordia se le pide la paz procede del S.XIII cuando la paz del mundo estaba destruida una vez más y como tantas veces, y seguramente lo estará hasta que el mundo no acepte plenamente el Evangelio en toda su extensión. 

Las oraciones que siguen al Agnus Dei invocan directamente al Señor Jesucristo en exclusividad. Las tres forman un todo que rezuman reconocimiento, súplica y humildad. En la primera de ellas se Le pide que no mire los pecados sino la fe de la Iglesia y se sirva darle su paz y unidad; en la segunda que nos libre de nuestras iniquidades y nos permita estar adheridos a sus mandamientos igual que la Comunión que se va a recibir lo estará a nuestro cuerpo; por la tercera, conscientes de la inmensidad del acto que se vamos a realizar cuando comulguemos, se Le pide que ello no sea causa de nuestra perdición sino de salvación, pues realmente nunca podemos estar seguros de poseer un verdadero estado de gracias que nos permita recibir al mismísimo Jesucristo.

La Comunión.-

Forma parte integrante del Sacrificio pues al igual que en los sacrificios de la antigüedad era costumbre repartir entre los asistentes trozos de la víctima, en la Santa Misa también los fieles pueden comer, mediante la ingestión de la Sagrada Forma, a Jesucristo, Víctima perfecta.

Pero antes de ello, antes de recibir tan infinito don, no por nuestros merecimientos ni porque tengamos derecho a ello, sino sólo porque Nuestro Señor nos lo permite y otorga por su infinita misericordia, bondad y amor, se llevan a cabo dos nuevos actos de contrición: se reza de nuevo el Confiteor y se repiten tres veces aquellas palabras del centurión romano del que el mismo Jesucristo manifestó admirado que “...en verdad os digo que no he encontrado a otro hombre con tanta fe como éste...”.

Inmediatamente antes de esto último el sacerdote se vuelve a los fieles y, mostrando una Sagrada Forma de las que va a distribuir entre ellos, dice en voz alta: “Ecce Agunus Dei, Ecce qui tolli peccata mundi”, frase que tiene en su singular algo aterrador pues con ella queda sentado y claro, si es que para alguien aun no lo estaba, que sólo en Jesucristo, en Él solo, está la única posibilidad de salvación de todo el Mundo pecador. Por ello lo que se pide a los fieles es un último, pero firme y clarísimo, acto de fe que secundan cuando dicen tres veces en voz alta: ”Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum; sed tantum dic verbo et sanabitur anima mea”. El católico, a punto de comulgar, no ignora que Jesús va morar en él; pero esta certidumbre no hace más que avivar el sentimiento de su indignidad, y por eso el sacerdote y tres veces después los fieles confiesan que no son dignos de ello. Según San Agustín “Al declararse indigno de recibir a Jesús bajo su techo, el centurión se hacía digno de hacerlo entrar en su corazón. Y no hubiera hablado con tanta fe y tanta humildad si no hubiera llevado ya en su corazón a Aquel que no se atrevía a recibir en un casa”. La frase que nos tranquiliza ante momento tan abrumador es la que el propio Jesucristo nos legó como una muestra más de su bondad y amor: “Venid a Mí todos los que estáis fatigados que yo os aliviaré”.

Después los fieles se acercan al reclinatorio y se postran de rodillas en una nueva muestra de humildad y adoración ante Aquel a quien se va a recibir, comulgando siempre directamente en la boca mientras el sacerdote les recuerda a Quien comulgan diciendo a cada uno “Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat animam tuam in vitam aeternam”.

Recordemos lo que ha sucedido. Hemos recibido a Jesús mismo. Como decía un autor espiritual “...es el Cielo sin la luz”. Los que han comulgado han llegado al Cielo en el que Jesús ha de acogerles algún día. Es su Cuerpo mismo el que va a guardar su alma para la vida terna.  ^  

Bendición final y despedida.-

 Tras recibir la Sagrada Comunión, los fieles vuelvan a su lugar mientras el sacerdote purifica el cáliz utilizado y de nuevo sus dedos  --dejando aquél cubierto como estaba al principio de la Santa Misa--, teniendo durante el tiempo que dura tal rito tiempo los fieles de encontrarse con Jesucristo quien durante unos instantes mora en lo más profundo de sus almas. Es, sin duda, un momento especial para el fervor y el recogimiento en grado sumo. Son unos instantes en los que más que hablar con Él, lo que conviene hacer es escucharle y amarle, como decía que hacía Santa Teresita de Lisieux. Durante esos instantes, por lo demás, la iglesia permanece en silencio y, en todo caso, sólo se escucha alguna pieza musical que invite y ayude a la devoción en momento tan íntimo. Podemos también recitar la misma oración que reza el sacerdote mientras purifica sus dedos: “Tu Cuerpo que he recibido y Tu Sangre que he bebido adhiéranse a mis entrañas, Señor, y haz que no quede mancha de pecado en mí, alimentado con tan puros y santos Sacramentos”. Sobre lo cual conviene no obstante matizar que dado que se admite que existe contacto físico entre el Cuerpo de Cristo y nuestra carne, Su Presencia real en nosotros cesa en el momento en que la Sagrada Forma ingerida es destruida en la hoguera de nuestro organismo, por lo que el vocablo “adherir” debe entenderse más exactamente como refiriéndose al fondo de nuestra alma. 

Una vez el sacerdote ha terminado el rito de purificación del cáliz y de sus dedos, se reza la oración de Postcomunión propiamente dicha. La misma es la tercera y última de las oraciones colectivas de la Santa Misa (las otras dos fueron la Colecta y la Secreta). La Iglesia pide ahora de nuevo a Dios que todos los presentes reciban las gracias anexas tanto al Sacrificio como al Sacramento. Mediante las oraciones que se rezan en la Postcomunión, rápidas y breves pero no por ello exentas de trascendencia, se pretende: concluir  de manera adecuada la Santa Misa, pedir a Dios por que sus frutos nos sean provechosos y unir de nuevo y por última vez a todos en un único y unánime rezo. 

La Bendición Final.- 

La Bendición Final de la Santa Misa que se otorga  --y que figura en la liturgia desde tiempo inmemorial--  viene precedida de un acto sencillo pero necesario que consiste en que el celebrante, vuelto hacia los fieles, entona el “Ite, Missae est” mediante el cual es su autoridad la que determina cuando la Santa Misa ha terminado, lo que es aceptado obediente y disciplinadamente por todos los asistentes dando así muestra de acatamiento a la jerarquía eclesiástica. Y es que no de otra forma podría acabar la Santa Misa, pues nadie pudo nunca imaginar que los que han asistido y rezado en ella juntos, pudieran irse a su término sin más, como si no pertenecieran a una sola Iglesia. 

Tras el “Ite, Missae est”, el sacerdote procede a impartir, mediante una fórmula sencilla pero a la vez sublime y ceremoniosa, la Bendición Final siendo de nuevo sólo herramienta de Jesucristo, Nuestro Señor, que a través de él es Quien realmente bendice a los fieles, por ello, y en señal de aceptación y reconocimiento de tal hecho, los fieles se arrodillan y recogen como es debido a tan importante acto. 

El último Evangelio.- 

Sin embargo  --y llama en parte la atención--  en realidad la Santa Misa aun no ha terminado, por lo que ni el sacerdote abandona el altar ni los fieles sus asientos. El hecho es que tan maravillosa y portentosa celebración, al igual que tuvo en prólogo, un Introito, también precisa de un epílogo adecuado. El mismo está formado por dos actos: el rezo del Evangelio según San Juan (en realidad sólo su prólogo) y las oraciones a la Santísima Siempre Virgen María ordenadas por el Papa León XIII. 

Fue a partir del S. XIII cuando los sacerdotes tomaron la costumbre de retirarse del altar rezando en voz baja tal Evangelio, hecho que se fue extendiendo haciéndose en voz alta después para terminar, a finales del S. XV  --época en la que el fervor por este Evangelio sublimemente bello alcanzó su mayor grado--  consiguiéndose su inclusión en la liturgia, precisamente al final de la Santa Misa. Y es que tal prólogo supone en sí no sólo una completa y perfecta profesión de fe, sino también una espléndida acción de gracias al elevarse en lo posible al plano del amor infinito del Verbo que es Dios. En concreto la frase “...y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” sobrecoge de forma especial. En ella, además, el misterio de la Encarnación de Nuestro Señor en la Santísima Siempre Virgen María se nos desvela en todo su esplendor ¡Qué mejor homenaje tanto a Jesús como a su Madre que también es la nuestra! 

Y siguiendo con dicha pauta ¡qué mejor alabanza a su santo nombre que rezarle, al pie del altar en la misma posición en que comenzó la Santa Misa, las oraciones recomendadas por León XIII tanto a Ella como al Arcángel San Gabriel! Ninguna forma mejor de darle gracias pues sin su obediencia purísima no hubiera sido posible la posterior Pasión de Nuestro Señor y, por ello, el Sacrificio recién terminado de la Santa Misa. En cuanto al Arcángel se le pide la protección  --a él, capitán de las milicias celestiales--  contra los males de ese mundo al que los fieles van a volver a enfrentarse nada más abandonar la iglesia. ^

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