Instituto
Cristo Rey Sumo Sacerdote |
EL
INSTITUTO:
SACERDOTES AL SERVICIO DE JESUCRISTO Y DE LA IGLESIA
Entrevista exclusiva con su fundador y actual Superior,
Mons. Gilles Wach.
En
la constelación de fraternidades e institutos llamados “tradicionales, el
Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (ICRSS) brilla con una luz particular.
Pues sus dos fundadores Mons. Gilles Wach y el P. Felipe Mora fueron ambos
ordenados sacerdotes por Juan Pablo II, y su Vicario General, Mons. Rodolfo
Miguel Schmitz fue ordenado en 1982 por el Cardenal José Ratzinger. Pero su
singularidad no acaba allí. El ICRSS se caracteriza por una identidad llena
de romanizad y una espiritualidad salesiana. Su origen no proviene de una
situación belicosa. El curso natural y armonioso de su desarrollo
internacional acaba de ser coronado por un reconocimiento de derecho
pontificio. Una obra sacerdotal que trabaja en la verdad y en la caridad por
el amor de la Iglesia y el bien de las almas. El Instituto de Cristo Rey Sumo
Sacerdote (I.C.R.S.S.) ha recibido, el pasado 7 de Octubre, el Derecho
Pontificio. Un reconocimiento que corona veinte años de labor por la salvación
de las almas y el bien de la Iglesia.
¿Podría
definir lo que es el I.C.R.S.S.?
La respuesta está en nuestras constituciones: “El
I.C.R.S.S. es una sociedad de vida apostólica erigida canónicamente (…).
Su fin es la Gloria de Dios y la santificación de los sacerdotes al servicio
de la Iglesia y de las almas, a través de una formación doctrinal y
espiritual. Su finalidad particular es misionera: difundir y defender el reino
de Nuestro Señor Jesucristo en todos los aspectos de la vida humana (…). La
formación clerical es impartida según el espíritu en el que la Iglesia
quiere formar sus sacerdotes. Este espíritu es el mismo de Nuestro Señor
Jesucristo, que se transmite a lo largo de los siglos y que se expresa en la
tradición, en las decretales de los Papas, los cánones de la Iglesia y los
concilios”.
El
I.C.R.S.S. era, hasta hace poco, de Derecho Diocesano. Ahora, el 7 de Octubre,
se les ha reconocido con el Derecho Pontificio. ¿Qué cambio supone esto para
ustedes?
Es el resultado normal de un largo proceso canónico. Por
supuesto, no nacimos de una crisis ni de una situación bélica, sino
naturalmente. Tenemos veinte años de existencia, y nos hemos expandido por el
mundo. El cardenal-arzobispo de Florencia, aunque era nuestro superior, podía
difícilmente ocuparse de nosotros en América, en África, en Francia, en
Alemania, en España, en Italia, en Suiza… en todos los lugares donde
estamos. Así que él mismo pidió el Derecho Pontificio, tal y como se hace
según las exigencias del Derecho Canónico. De hecho creo que somos uno de
los únicos institutos Ecclesia Dei
que ha seguido el procedimiento canónico habitual. Puesto que más de
cincuenta obispos, de las diócesis en las que tenemos apostolados, han sido
consultados. Todos han escrito y aportado su juicio sobre la actividad del
Instituto en sus diócesis. Y parece que han
respondido de forma favorable ya que la Santa Sede nos ha concedido el
Derecho Pontificio. El arzobispo de Florencia ya no es el ordinario
del Instituto sino que, de ahora en adelante, lo será el superior general.
Nuestro
Instituto ha sido reconocido como sociedad de vida apostólica con forma
canonial. Monseñor el prior general dirige a los canónigos seculares, que
están en las diferentes casas erigidas canónicamente por él mismo en todo
el mundo.
De todas formas es evidente que el Derecho Pontificio no
varía en nada nuestras relaciones con los obispos diocesanos, dado que sólo
nos instalamos en sus diócesis cuando nos reclaman y somos aceptados por
ellos. Luego, se firma un acuerdo entre el obispo del lugar y yo mismo como ordinario
del Instituto, que fija las formalidades de nuestra presencia.
Atendemos a numerosas llamadas de obispos para trabajar con ellos y sus
presbiterios.
¿Qué
le empujó siendo joven sacerdote a la aventura de fundar el seminario de
Gricigliano?
En realidad yo no quería fundar nada, y eso me da
tranquilidad, porque simplemente acepté lo que la Providencia me presento. No
le dije que no, pero no tenía un “programa”. Todo comenzó cuando me
encontré con que muchos jóvenes acudían a mí y me pedían que hiciera algo
por ellos, porque querían ser sacerdotes. Sin tener los medios de responder
concretamente a sus esperanzas, me dirigí a los grandes hombres de la Iglesia
que conocía, como los cardenales Ratzinger, Mayer, Stickler, Oddi y
Palazzini, quienes me animaron a formar esas vocaciones en la romanidad, en el
amor a la Iglesia y al Papa, en la entrega de si mismos y a responder así a
la llamada de Cristo.
Ciertamente,
pero aún sería necesario un lugar…
Esas son las contingencias materiales… son un poco y
siempre nuestra cruz. Pero hay que recordar que nunca hay frutos sin cruces.
Nosotros, que no somos “modernos”, sabemos que el Paraíso no está hic et
nunc (aquí y ahora): es necesario primero la cruz, porque precede a la
Resurrección del Señor. Creo que toda la vida cristiana está impregnada de
la cruz. San Francisco de Sales dijo que ella es el libro de los cristianos.
La Providencia es buena porque nos deja mucho espacio para hacer y trabajar,
pero finalmente es ella la que nos da la mejor solución. Durante dos años
busqué una casa en Francia… ¡Y la Providencia nos dio una en Italia!
¿Cómo
llegaron a Gricigliano, en la archidiócesis de Florencia?
Gracias a extraordinarios instrumentos de la Divina
Providencia como fueron el cardenal Mayer y el nuncio de Paris. Nos remitieron
a Gricigliano, que era una fundación de Fontgombault desde 1975, pedida por
el cardenal Florit, arzobispo de Florencia. A esta fundación le faltaban
vocaciones italianas, y los monjes tenían la intención de renunciar a esa
implantación.
Con la presentación del cardenal Mayer y de Mons. Antonetti, fui a ver a Don
Forgeot, abad de Fontgombault, para hablar de las modalidades de nuestra
llegada. Fuimos admirablemente bien recibidos por el arzobispo de Florencia en
aquel momento, el cardenal Piovanelli, que desde entonces ha sido un gran
amigo de Gricigliano.
Gricigliano
está en la Toscana, no lejos de Roma, lo que nos permite beneficiarnos de las
enseñanzas de profesores de las universidades romanas.
-Usted
fue ordenado sacerdote por la archidiócesis de Génova en circunstancias
especiales…
Así
es. Fui ordenado sacerdote por Juan Pablo II cuando acababa de ser elegido
Papa. Fue una gracia suprema haber sido ordenado por el sucesor de Pedro, en
la Basílica de San Pedro, sobre la tumba de San Pedro. Y creo que fue, después
de las enseñanzas del cardenal Siri (no se puede ser más romano ni más
unido a San Pedro que él), una gracia particular la
de recibir la ordenación de manos del sucesor de San Pedro. Fue el 24 de
Junio de 1979. Dentro de poco harán 30 años…
Juan
Pablo II le ordenó, algunos cardenales os han apoyado y ayudado: son personalidades
que nadie pensaría en calificarlas como “integristas”. Sin embargo, Usted
eligió la “forma extraordinaria” de la liturgia romana y forma a los
seminaristas en esta forma. ¿Por qué?
Antes
que nada, agradezco al Cielo por haber sido formado en Italia. Nuestro Patrón,
San Francisco de Sales, también se formó allí, en Saboya, es decir, a la
vez en Francia y en Italia. Esto hizo que fuera un hombre lleno de equilibrio:
el equilibrio entre inteligencia y el clasicismo francés por un lado, y la
armonía y dulzura italiana por el otro. Por lo tanto, vuelvo a agradecer a la
Providencia que nos situara en Italia y que nos haya permitido recibir esta
educación completa.
En
la gran escuela romana, también hemos conocido el espíritu de la auténtica
liturgia. En su forma extraordinaria, la liturgia nos ha inmediatamente
llamado la atención con su claridad doctrinal, su justo hieratismo y su
inconmensurable elevación espiritual. Los cardenales romanos que nosotros
conocíamos eran más que favorables a esta liturgia, y lamentaban que la
reforma de la Iglesia no haya sido la que el Concilio, en el que habían
participado, había deseado.
Esta
forma litúrgica se corresponde perfectamente con la enseñanza teológica,
dogmática y espiritual que habíamos recibido, en particular de Mons.
Piolanti, que era entonces el presidente de la Academia Pontifica de Teología.
Celebrándola, la hemos gustado, saboreado, y hemos visto, el padre Mora y yo
mismo, con una agudeza cada vez mayor, hasta que punto era la liturgia de la
Iglesia, la liturgia de siempre. También era deslumbrante, y nos pareció
evidente, a nosotros que éramos jóvenes sacerdotes sin un apostolado
particular, que había que celebrar regularmente en este rito. Hay que
confesar que no era fácil celebrarla en esta época, ni siquiera en Roma.
Formar
a jóvenes dentro del espíritu romano, incluía, naturalmente, la transmisión
de este tesoro de la Iglesia que habíamos descubierto siendo jóvenes
sacerdotes.
Luego,
ustedes se dieron a celebrar exclusivamente en la “forma extraordinaria”.
Sin embargo, sus sacerdotes aceptan concelebrar con los obispos diocesanos en
la Misa Crismal, que muchos estiman que se trata del signo principal o incluso
único de comunión. ¿Qué es lo que piensa?
Sin
duda, no es el único y principal signo de comunión con el obispo. Pero hoy
es para la mayoría de los obispos, especialmente en Francia, un signo fuerte
de comunión. No veo por qué deberíamos, si se nos pidiera, rechazar este
signo. La inteligencia es una virtud que no está prohibido tener; de hecho,
es uno de los siete dones del Espíritu Santo. Además, el Papa mismo, está
acostumbrado a concelebrar con sus cardenales o con los obispos en Roma o en
el mundo. Creo que todas las comunidades Ecclesia
Dei aprecian mucho a Bendicto XVI. ¿Por qué tendríamos que ser más
papistas que el Papa?
¿Nos
podría hablar de su historia personal y de un encuentro que tuvo en 1975 que
marcaría su camino?
Sí.
Fue gracias a D. Roy, entonces abad de Fontgombault, que conocí y aprecié
mucho. Era un auténtico benedictino, un hombre de oración, un hombre de
Iglesia y de gran cultura. Él me presentó a un príncipe de la Iglesia, no
en el sentido mundano de la palabra, sino en el sentido que le da la Iglesia:
un “princeps”, un sucesor de los apóstoles, un hombre de gran altura
moral, doctrinal y espiritual, también tenia una grandísima humildad, se
trataba del cardenal Siri, arzobispo de Génova.
A
pesar de mi juventud, me quedé muy impresionado por este prestigioso servidor
de la Iglesia. Influyó mucho en mi formación intelectual y espiritual, pero,
sobre todo, me enseñó a amar a la Iglesia. Era de la gran escuela romana.
Tenía un gran sentido de la abnegación y de la entrega a la Iglesia, al
servicio de la Iglesia, es decir, al servicio a las almas, de los más pobres y abandonados, en un siglo sin Dios.
¿Bajo
qué circunstancias lo encontró?
La
primera vez que le vi fue un Jueves Santo, en su catedral de Génova, cuando
iba a celebrar la misa pontifical. El padre Felipe Mora y yo teníamos una
cita con el cardenal esa misma tarde. Por la mañana, fuimos a la catedral a
la Misa Crismal, y fue la primera vez que vi ese cardenal que me ha marcado
por su gran dignidad y piedad: era el “Gran Sacerdote”. Se veia que
oficiaba en el templo sagrado de Dios; su modo de estar, de comportarse,
ayudaba a todo el mundo a elevarse al Cielo.
Entonces
ingresó en el seminario de la archidiócesis de Génova. ¿Cuál era la
situación de los seminarios en Francia en aquellos momentos?
En
la mayoría de los casos, estaban en una situación bastante catastrófica.
Nos encontrábamos justo después de la revolución del 68. La liturgia se
celebraba a menudo sin ornamentos. Se podía tener la sensación de que la
teología y la moral ya no eran verdaderamente
católicas, quizás no en todos los seminarios, pero sí en la mayoría.
Muchos seminaristas huyeron de Francia, y yo el primero…
El
cardenal Siri nos puso dos condiciones para aceptarnos en su seminario: llevar
sotana y comprometernos a volver a Francia porque “mañana,
decía él, Francia os necesitará”.
Durante
vuestra estancia en el seminario de Génova, ¿veía regularmente al cardenal
Siri?
¡Oh
sí! Estaba muy presente en el seminario, así como junto a sus sacerdotes.
Recuerdo haberle dicho: “Eminencia, es
curioso: en Francia a nuestros obispos debemos llamarles “Padre”, pero no
sabemos si son realmente padres, porque nunca les vemos. Siempre están en
reuniones y tan lejos de las realidades. Aquí, le llamamos “Eminencia”,
hacemos la genuflexión, le besamos el anillo, pero todos los miércoles por
la tarde viene al seminario, y a cualquiera que le quiere ver, le recibe.
Todos los domingos, o casi, siempre que no está fuera de la diócesis, viene
a cantar las Vísperas con sus seminaristas y cena con nosotros. Eminencia, le
llamaríamos con gusto “Padre”, ¡porque realmente lo es!”.
Una
vez que fue ordenado sacerdote, ¿qué hizo?
El
cardenal, que era mi obispo, me envió, junto al padre Mora, a Roma, a
estudiar. El padre Mora hizo su licenciatura y doctorado sobre Bossuet, y yo
sobre San Francisco de Sales. Siempre me fascinó esta gran figura mística
que era el Obispo de Ginebra. En efecto, la Providencia quiso que hiciera mis
estudios secundarios en el colegio San Bernardo de Troyes, que dirigían en
esa época, los Oblatos de San Francisco de Sales, fundado por el padre
Brisson, que era capellán de la Visitación. Todo estaba impregnado del espíritu
salesiano. De hecho, en otros tiempos, hubiera ciertamente ingresado en los
Oblatos de San Francisco de Sales. Fue en Roma donde vi lo que el cardenal
Siri nos había enseñado: la romanidad.
Y
he aquí, vuelto Romano, tanto en sentido literal como figurado. Pero sin duda
volvía, de vez en cuando, a Francia. ¿Qué constataba cuando venía?
Siendo
joven sacerdote volvía regularmente a Francia en vacaciones, y podía notar
los frutos positivos del pontificado de Juan Pablo II, especialmente después
de su primer viaje. Se veía el carisma de este gran Papa que rompió los
esquemas, un poco anquilosados, de una ideología eclesiástica del 68. Pidió
a los jóvenes que no tuvieran miedo de seguir a Cristo, lo que suscitó
numerosas vocaciones. También pude constatar que el mismo clero, poco a poco,
se sentía empujado y comenzaba a ser receptivo a las palabras del Papa. Los
fieles enseguida acogieron a Juan Pablo II como el atleta de la fe. Apreciaron
su valentía en una época en la que nadie tenía la audacia de hablar
claramente y con veracidad. Los grandes de este mundo sólo se preocupaban de
sus carreras, un vicio que también se ve a veces en los hombres de la
Iglesia... Este Papa era muy valiente: fue a Francia, un país laico pero con
raíces esencialmente cristianas y donde la inmensa mayoría espera mucho del
cristianismo. Juan Pablo II les dio el aliento de esta gran esperanza. Pidió
a Francia que despertara, se levantara y pidió al pueblo que se acordara de
sus raíces cristianas. Muy cercano al pueblo, estaba en las antípodas de la
problemática burocrática y eclesiástica de ciertas personas que no tenían
ningún contacto con la realidad. 
La
Iglesia ha sido sacudida por las consagraciones
episcopales hechas por Mons. Lefebvre. ¿Conoció personalmente al fundador de
la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, aunque no se incluya entre sus
“hijos”?
Sólo
le he conocido un poco, pero sólo lo vi en Roma. No puedo más que admirar su
trabajo apostólico, sobre todo en África. Comprendo su sufrimiento después
del desastre que él percibió en la época post-conciliar. No me permitiré
de juzgar su labor. Admiro en él un gran hombre de Iglesia, y dejo a la
Iglesia el juicio sobre la santidad o no de sus hijos.
En
una época en la que tenemos que defender las verdades esenciales de la fe, lo
que han hecho con razón muchos “tradicionalistas”, yo creo haber también
--desde mi modesto lugar-- adherido
a esas verdades y haber querido defender esos mismos misterios. Pero hay un
misterio que no podemos olvidar al cual estoy muy unido: la divinidad de la
Iglesia. Incluso si no lo entendemos en algunas circunstancias, la Iglesia
sigue siendo divina. Cuando Nuestro Señor le dijo a San Pedro que fuera hacia
Él sobre las aguas, parecía una locura: ¡pero hay que caminar sobre las
aguas! Y hoy en día eso es lo que nos pide Nuestro Señor. Si, humanamente
hablando, comprendemos que la Iglesia va más bien mal, ¿es necesario por eso
no creer en su divinidad? ¿Hacía falta usar los medios que, humanamente, podían
parecer la salvación pero que podrían dejar pensar que creemos bien poco en
su divinidad?
Creo
que la elección de Benedicto XVI es la prueba más hermosa de que la Iglesia
posee los medios no sólo de su vida, sino también de su regeneración. Jesús
se durmió en la barca, pero sus palabras son las mismas: “hombres
de poca fe”. La tempestad se calma y la barca deja de zozobrar, como
también la Iglesia. Él está ahí: Nuestro Señor nos lo prueba cada día.
No
tenemos que confiar en nuestras propias fuerzas. Si pensamos que nosotros
vamos a salvar la Iglesia, que somos indispensables para salvar la Iglesia,
entonces tenemos ideas locas que nos llevan sin duda a la muerte, porque
creemos que somos salvadores indispensables, en una palabra: que nosotros
somos la Iglesia.
Queremos
ser pequeños servidores de la Iglesia. Es Cristo quien guía a su Iglesia, es
Él quien le asegura su perennidad, y nosotros debemos simplemente
corresponder con lo que nos pide que hagamos.
Es
por eso que se creó el Instituto, el cual ni imaginé cuando entré en el
seminario. Pero creo haber respondido a las mociones divinas que me mostraron
que había que decir que sí. Podía haber dicho que no, pero dije sí.
Gracias
a Dios, no es mi obra. El día en que se convierta en mi obra, se habrá
terminado,…
Reportaje
hecho por Daniel Hamiche para L’Homme Nouveau
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